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jueves, 28 de marzo de 2019

Crónica-rolato de El ojo perdido de Ódinn, campaña de Ricard Ibáñez para Walhalla (Skjaldborg). PARTES 3 y 4

ATENCIÓN: Puedes leer la primera parte de este rolato pinchando aquí, y la segunda aquí.



El ojo perdido de Ódinn
Partes tercera y cuarta



¡Por las barbas de Ódinn, por qué caminos más duros nos hace viajar el Viejo Tuerto! No contento con obligarnos a huir de una villa de palurdos con cerebro de higo fermentado por insulsas verduras hervidas y apestoso vino aguado, ahora nos pone pie a tierra durante más de una jornada para rodar nuestro dreki sobre troncos porque el río es demasiado impracticable para continuar navegando en ese tramo. ¡Y el necio skáld... ! Podría habernos avisado con más tiempo si conocía este impedimento. Bardos y sus historias estúpidas... Pero bueno, al menos continuamos nuestro camino hacia el sur en buena compañía y vivos, que es lo importante.

Cuando llegamos a un tramo determinado de nuestra ruta, de pronto nos dimos cuenta de que al final de un recodo teníamos compañía: un grupo de alfeñiques escuchimizados nos miraban desde el bosque con curiosidad, acompañados de... vaya... parecía un hombre del norte... ¡qué curioso! ¿Desde cuándo nuestros compatriotas se dignan a vivir con gente tan poco agraciada? Pero la sorpresa no solo era esa, sino que esta gente, al parecer, se ganaba la vida precisamente porteando barcos por la ruta que nosotros seguíamos, ya que era tarea habitual, y por un módico precio harían descansar nuestros brazos. Por si fuese poco, el grandullón, que tenía un extraño pelaje de animal pegado a la espalda y decía llamarse Snorri "Espalda Peluda", era su líder (más tarde nos enteramos que había sido porque el anterior se cayó siete veces sobre la cabeza de su martillo, pero no soy quién para juzgar los accidentes sufridos por un renacuajo porteador, ¡¡¡jajajaja!!!).

Cuando Snorri nos hizo su oferta, nos planteamos que, si nos engañaban a mitad de camino, tendríamos que tener un plan de contingencia para que no tratasen de regatear de forma ventajista para llevarnos hasta el final de nuestra ruta, y una de nuestras opciones pasaba por raptar a las mujeres e hijos de esos perros flacos para evitar tonterías como esa, aunque bueno, al final no concretamos nada; ya se vería cómo lo haríamos. Mientras tanto nos guiaban hasta su aldea para descansar, y allí Snorri nos contó el motivo por el que se encontraba entre estas extrañas gentes. Y era que, en uno de los viajes de con sus compañeros de tripulación, un día, cuando iba a evacuar aguas menores, le atacó un oso y lo dejó por muerto. Al ver sus compañeros que no regresaba, se marcharon sin preguntar, aunque los pequeñuelos sí que lo encontraron, aún vivo y en mal estado, y curaron sus heridas y cosieron pieles de lobo a su espalda para protegerlas hasta que se curasen... y en fin, hasta hoy esas pieles son orgulloso testimonio de su supervivencia, además del hecho de haber tomado esposa y tenido un hijo en la comunidad, de la que también es jefe "por derecho". Desde luego, este tipo es, cuanto menos, curioso. Seguro que en una casa comunal tiene que ser de lo más interesante con un par de cervezas en el buche.

Al llegar a su escuchimizada aldea, Snorri nos propuso un negocio para cobrar los servicios de porte, y fue entonces cuando empezamos a sospechar. Sin embargo, la propuesta fue de lo más... cómo decirlo... extraña. Al parecer, la aldea estaba siendo asediada por trols... sí sí... trols... Mis ojos se abrieron como castañas maduras al escuchar esas palabras, y mis manos se frotaron nerviosas por ver a tales criaturas. Nunca había sido testigo de la aparición de uno de esos seres, salvo de la boca de más de un skáld borrachuzo y mentiroso. Pero ahora iba a verlos por mí mismo. Al parecer, esos trols se llevaban a niños y ancianos hacia los bosques que rodeaban a la aldea, y estaban convirtiéndose en una plaga. Cuando le preguntamos por ellos, se rió con ganas y nos llevó hasta una jaula en la que tenían apresadas a tres hembras: tres criaturas contrahechas, de extremidades deformadas, bajitas y de movimientos animales, que gruñían y bufaban ante nuestra presencia. Su aspecto era horrendo, y bien le valía el nombre de "trol", porque, en efecto, eran lo más parecido a un trol que podía sacarse de las historias de los bardos. Yo empecé a sonreír claramente, pero Astrid fue más atrevida al preguntar que por qué tenían a las tres hembras atrapadas en vez de matarlas, y entonces Snorri, orgulloso, nos contó que los hombres de la aldea disponían de ellas "cuando el hambre de mujer apretaba". Al ser conscientes de lo que nos estaba contando, nuestra sorpresa pasó a una expresión de repulsión absoluta, con una mezcla de miradas de asombro ante la locura de aquel pueblo de desviados deformes y malsanos. Ojalá algún día Thór los limpie de la faz de la tierra por sus pensamientos y sus costumbres... porque a mí se me revolvieron las tripas. Snorri, sin atender a nuestros sentimientos al respecto de tal situación, ante la que Astrid expresó vehementemente su deseo de matar a las desgraciadas criaturas en un sacrificio a los dioses en lugar de mantenerlas esclavizadas para sofocar los deseos fervorosos de los hombres de la aldea, nos preguntó si aceptábamos el trato de diezmar a los trols a cambio de un porte con precio más que justo. Nuestra tripulación, deseando salir de aquel lugar dejado de la mano de los dioses, dudó poco en aceptar, y nos pusimos en marcha. La guerra contra los trols estaba servida.

Junto con Snorri y algunos guerreros de la aldea, nos adentramos en los densos y silenciosos bosques. Poco a poco, mientras marchábamos por la espesura, fuimos viendo signos de presencia de los trols por doquier: marcas en los árboles, olores repugnantes, pisadas e incluso pequeñas construcciones de piedra, de no más de una pierna de altas, como signos de que aquel era su territorio. Y, en un momento en que estábamos desprevenidos, sin percatarnos (¡nunca aprenderemos, por Ódinn!)... NOS CAYÓ ENCIMA UNA HORDA DE ESAS INFAMES Y REPULSIVAS CRIATURAS. La batalla que se nos planteó fue tan cruda que muchos de nosotros salimos mal parados (no yo, por suerte para mis compañeros, porque de seguro tendría que recolocar varios huesos y suturar muchos cortes después de aquello). Tanta fue la crudeza del choque que, de los guerreros del poblado que no sucumbieron a su fiereza, los demás huyeron despavoridos, dejándonos solo con Snorri para contener el avance. A pesar de todo, y sin habernos apuntado una victoria (aunque Hálldor dio buena cuenta de muchos monstruos, haciendo que cada golpe de su hacha dejase atrás un cadáver), las criaturas retrocedieron al ver tal frente defensivo en nuestra actitud, y su duda nos permitió retroceder, llevándonos a nuestros heridos y esperando volver a la aldea para lamer nuestras heridas. Sin embargo, otra estúpida sorpresa nos aguardaba al llegar allí, y es que, en represalia por a saber qué estupidez de Snorri, la gente se estaba marchando, huyendo de los trols y de su azote al mismo tiempo, y en su huida habían matado sin piedad a la mujer y el hijo de Snorri. Astrid, iracunda por lo sucedido y mientras curábamos nuestras heridas, nos alentó a ejecutar a varios de los guerreros fugados por su crimen y a esclavizar al resto para venderlos al mejor postor, porque aquella muestra de traición había sido de lo más vil y ruin que nuestro orgullo vikingo podía tolerar.

Así, pasadas unas semanas en las que tuve que ocuparme de nuestros compañeros hasta verlos recuperados, continuamos nuestro viaje por tierra hasta poder llegar de nuevo al agua y continuar el camino hasta dos meses más tarde, en que llegamos a un punto del río donde nos vimos obligados a sortear una cadena de rápidos, para los cuales, graciosamente, los compañeros se plantearon (acertadamente, por supuesto) ponerme al mando del timón para superarlos. Y, en efecto, con bravo espíritu y sin temor al desafío, aunque nuestro barco quedó un poco maltrecho, pasamos uno a uno los más peligrosos de los obstáculos que el río nos ponía en el camino, mientras una risa de desprecio ante la fuerza de la naturaleza brotaba de mi garganta (huelga decir que más de uno de mis comprañeros empezaba a mirarme como si estuviera loco, porque aquello era, en efecto, una locura... y yo estaba dispuesto a capearla sin temor).

Por fin, en un recorrido más tranquilo del río, detuvimos el barco para intentar repararlo en una orilla, cuando una veintena de jinetes desde lo alto de una loma pelada se asomó y empezó a lanzarnos flechas desde una distancia imposible con sus arcos. Aquellos tipos de piel oscura y ojos rasgados, pequeños y canijos, sin embargo, eran capaces de alcanzarnos desde tan lejos sin dificultad, por lo que el godi se empeñó en decir que eran elfos oscuros de arcos mágicos, que no deseaban nuestra presencia en sus dominios. Por su parte, el navegante, haciendo caso omiso a las tonterías del sacerdote, nos explicó, mientras huíamos de ellos y volvíamos a el barco al agua (porque nuestra posición táctica nos obligaba a ello, a pesar de que yo deseaba abrirles el cráneo a hachazos), que se trataba de una tribu autóctona de hombres llamados "pechenegos", que a menudo eran contratados como mercenarios para atacar a los vikingos que recorrían el río y exterminarlos... ¡Qué simpáticos estos jinetes... y más aún los que los contrataban... cuando me encuentre a alguno de ellos, le voy a taladrar el pecho A PUÑALADAS!

Sin esperar mucho más para poder continuar el camino hasta un asentamiento, decidimos que, antes de nada, debíamos detenernos en algún lugar del río para reparar el barco, no tuviésemos que enfrentarnos a más dificultades sin siquiera un cascarón en el que flotar. Así, tras dos semanas de supervivencia, recolección de madera, cacería e inclemencias del tiempo, realizamos las oportunas chapuzas y continuamos navegando hasta la villa de Kyiv, conocida como "Propiedad de Ky", o vulgarmente "el Astillero", la cual, al parecer, fue fundada por un hombre llamado precisamente... "Ky". En aquel lugar de aspecto bastante cosmopolita, en el que había hombres de diversos lugares de todo Midgard, mientras decidíamos no perder el tiempo y aprovisionarnos para seguir nuestro camino (además de tomar algo de beber y comer con Snorri), vi a lo lejos una elegante y enjoyada estatua de Peplum, y entonces mi cabeza empezó a fraguar ideas sobre cómo llevarme su cabeza de plata maciza engarzada con bigotes de oro... Al mismo tiempo, mis compañeros se cruzaban con una mujer que intentaba pasar desapercibida, con ropajes exquisitos, huyendo de un par de tipos, la cual se desviaba hacia una calle más estrecha. Astrid, sin pensárselo dos veces y provocando que el resto la siguiésemos, fue detrás del trío, hasta que encontramos a uno de los dos tipos sujetando y abofeteando a la bella muchacha mientras el otro vigilaba. Cuando les ordenamos deponer su actitud, y se negaron, no tuvimos más remedio que "convencerlos" por las malas... con el filo de nuestras hachas y espadas... hasta que, convencidos ya, sangraban entre estertores de muerte en el suelo, con lo que aproveché para llevarme sus espadas y su dinero, compartiéndolo con mis allegados.

La muchacha decía llamarse "Elizbetha", y esos tipos "trataban de matarla". Cuando la sonsacamos debidamente, limpiando las armas y marchándonos de allí, nos contó que, en realidad, era la hija de un comerciante de la ciudad llamado "Jaroslav", el cual, hace unas semanas, en disputa con un comerciante rival llamado "Rubiker", lo mató en plena calle en el calor de una discusión. Cuando la familia de Rubiker llevó a las autoridades el caso, estas indicaron que no se iban a entrometer si, de la misma forma, alguien de los Rubiker lo mataba en plena calle, así que desde lo sucedido Jaroslav se encuentra encerrado en su casa, y es ella quien realiza todas las cuestiones familiares y de negocios fuera de la misma. Mientras los Rubiker contrataban matones para vigilar la ciudad por si Jaroslav salía, este, cansado de la situación, mandó a su hija a buscar viajantes y navegantes que estuvieran de paso para poder contratar sus servicios y sacar a su familia de la ciudad y establecerse libremente en otro lugar, fuera de las leyes de Kyiv. Elizbetha, desesperada y viendo cómo nos habíamos desenvuelto en la situación, nos pidió ayuda y quiso contratarnos, a lo que, al margen de preguntarle por mi parte si estaba soltera y buscaba marido (eh, eh, ¡la prosperidad de la familia es lo primero!), le dijimos que pensaríamos en nuestras opciones mientras la acompañábamos a su casa, escoltándola al ver que había otros cuatro matones en la puerta.

Luego nos marchamos a una posada para barajar las posibilidades. Se nos ocurrió permitir ser contratados como protección de los almacenes de Jaroslav y, aprovechando la situación, sacarlo con discreción de su casa y de la ciudad (mientras Snorri y yo nos poníamos a gusto comiendo y bebiendo a costa del dinero de los difuntos), hasta que, finalmente, decidimos que todas esas sutilezas eran para los hombres afeminados del sur, y que mejor nos encargaríamos del asunto de una forma más directa: acabar con los matones de la puerta y acompañar sin miramientos a la familia hasta nuestro barco, negociando un buen pago. Al fin y al cabo... no seríamos vikingos si no hiciésemos las cosas por derecho... ¿verdad? ¡¡SKÖL!!


CONTINUARÁ...








lunes, 11 de febrero de 2019

Crónica-rolato de El ojo perdido de Ódinn, campaña de Ricard Ibáñez para Walhalla (Skjaldborg). PARTE 2


ATENCIÓN: Puedes leer la primera parte de este rolato pinchando aquí.



El ojo perdido de Ódinn
Parte segunda


¡Aaaaaay, Asgi... en los altercados en los que te terminas metiendo!

Al fin estábamos preparados para partir, y con nuestro navío y nuestra tripulación salimos sin demora, atravesando un gélido mar interior hasta alcanzar la boca del río navegable que se convertiría en nuestro pasaje hasta las Fuentes de Mímir, allá en el sur.

La suerte parecía de nuestro lado cuando llegamos al primer asentamiento de paso, en el que logramos negociar un peaje propicio (que gracias a la ayuda que le presté a nuestro godi, el precio fue más que justo, alegando para ello nuestra búsqueda sagrada y la noticia de que en muchos lugares del norte ya se sabía que no solo deseábamos congraciarnos con los vivos y vencer nuestra maldición, sino también con los muertos que habían acarreado tanto mal y tantas pérdidas para con nosotros). Sin embargo, maldito sea el destino a veces, mientras comerciábamos con el líder, resultó que otra tripulación se encontraba también de paso en la villa y que uno de sus bastardos borrachuzos se encaró con nuestro skáld provocando una pelea cruenta y despiadada hasta en la que yo mismo participé cuando "el valiente" de mi hermano de leche Ketill nos indicó al godi y a mí que estaba sucediéndose la terrible reyerta. Aunque llegué a tiempo de unirme a la pelea y defender a los míos, pronto nos vimos rodeados por la guardia del jefe de la ciudad, quien nos encerró y provocó que, para sacarnos de allí, no solo tuviéramos que pagar el doble de peaje del que habíamos acordado, sino que entre ambas tripulaciones se celebrase un juicio por combate a muerte entre sendos campeones designados (y después del mismo, un festejo para hermanar a los visitantes a la villa).

La furia me embargó cuando supe de la cobardía de mi hermano Ketill al no defender a nuestros hermanos en la reyerta. Sin embargo, aunque nuestro godi nos arrastró hasta el barco para prepararnos mientras Astrid se ofrecía como campeona y representante de nuestros viajeros, se me ocurrió urdir un plan de venganza con mi artero hermano Ketill: mientras los demás estaríamos alentando a nuestra luchadora en el combate ritual a muerte, él se colaría en el navío de nuestros rivales y se apoderaría de algo lo bastante valioso como para compensar lo que uno de los suyos había provocado... el cobro excesivo de peaje que nos habían impuesto (el hecho de que a ellos también me importaba un ardite; los dioses bien lo saben). Así, dos días después de los supuestos "crímenes", mientras Astrid vapuleaba sin piedad hasta la muerte al campeón de la tripulación rival, Ketill se apoderaba sigilosamente de un buen puñado de oro y unos interesantes mapas de rutas de viaje de esos malnacidos: victoria completa.

La fortuna, en resumen, nos acompañó al abandonar los dominios de la reyerta después de una sonada fiesta de despedida, sonriendo por lo bien que había salido todo. Con el paso de los días (unos cinco, me atrevería a decir), arribamos a otra villa comercial en la que también tendríamos que negociar peaje... pero más parecía una pocilga de cerdos salvajes que un auténtico centro civilizado, sobre todo por el aspecto empobrecido de la ciudad, salvo por una estatua de un dios extranjero con grandes similitudes a Thór, llamado «Perum» o algo así, cuyos bigotes eran de oro. Así, mientras mis compañeros se dirigían a negociar el peaje, yo rezaba a aquella representación de Thór para que concediese su protección a nuestro viaje.

Cuando nos reunimos con los extranjeros para contarles que queríamos negociar el peaje de nuestro viaje espiritual, el sumo sacerdote de Perum se quedó asqueado por nuestra historia, como si no aceptase a Ódinn en su corazón, sino todo lo contrario. Menospreciando nuestro viaje, sus palabras provocaron a nuestro godi a despreciar a su vez a Perum como un dios pordiosero. Ahí, por fortuna, me vi obligado a ayudar en la mediación entre mi godi y el de ese lugar para no caldear las cosas, e incluso utilicé parte del dinero obtenido de los mercaderes problemáticos de la anterior ciudad para pagar nuestro peaje. Cuando la cosa se calmó, el godi y yo, junto con algunos compañeros, fuimos a tomar algo a una cantina de la villa, mientras el resto de mis compañeros quedaban en el barco, vigilando.

Al ver qué extrañas y magras viandas servían en la taberna del lugar, desheché la posibilidad de llevar algo a mis compañeros, quienes tenían sus propios problemas. Al parecer, alguien se había colado en el barco en silencio y huía a nado cuando fue descubierto, momento en el que una certera flecha de mi hermano Ketill le arrebató la vida. Aunque mis compañeros Astrid y Egil intentaron nadar hasta el cadáver que se hundía, no lograron llegar a tiempo y averiguar si había robado algo del barco. Por otra parte, mientras el godi y yo volvíamos al navío (al mismo tiempo que mis compañeros descubrían el supuesto intento de robo o incursión), una turba de ciudadanos de la villa se acercaron al barco insultándonos como extranjeros y conminándonos a marcharnos. Y mientras el fugitivo era abatido, Egil ahuyentaba a la turba con un cubo de desperdicios, al mismo tiempo que Halldon, un poderoso guerrero de la tripulación, orinaba en señal de desprecio a las aguas del puerto de la villa. Nuestro godi Ragnar y yo desconocíamos el alcance de los sucesos, pues llegamos después de que la turba fuera dispersada por Egil. Y lo más terrible es que, tras ser informados de lo sucedido y yo haberme puesto a buscar entre los bienes transportados y encontrando escondido en ellos uno de los bigotes de oro de la estatua de Perum, por el camino principal al puerto se acercaba el sacerdote de la villa, acusándonos de haberles robado algo valioso, momento en el que varios soldados asaltaron el barco y dos de ellos me acusaban de ladrón mientras uno me sostenía la mano en la que colgaba la pieza sustraida (y yo... tratando de explicarme).

Harto ya de ser mangoneados allí donde íbamos, exigí que se me llevase ante su líder con la pieza en la mano para exponer el asunto, cosa a la que negaron, y siguieron intentando tomarme preso. «¿Queréis el bigote de oro?» grité entonces, «¡Cogedlo! Upsss... ¡Pues se me ha caído de entre los dedos hasta el suelo! Upssss... Y ahora, cuando te has agachado, idiota, mi cabeza te ha dado tal testarazo que ahora estás bailando con los lobos en tu aturdimiento... ¡¡¡Y A MÍ NADIE ME LLAMA LADRÓN SIN MOTIVO!!!». De esta manera se produjo una ruidosa pelea en el barco, mientras Egil desamarraba el navío, separaba las sogas, levaba el ancla y sacaba el tablón de paso. Y en un combate rápido y cruento, salvo por un luchador, el resto murió estúpidamente por algo que no habíamos hecho. Pero ya que a esa villa no volveríamos en mucho tiempo, decidí que esos bigotes estarían mejor adheridos a mis propios bigotes... ¡vaya que sí! Eso sí, lo que dijesen mis compañeros y mi godi... se vería más adelante. De momento, huíamos de una amenaza más en el camino.

CONTINUARÁ...










miércoles, 16 de enero de 2019

Crónica-rolato de El ojo perdido de Ódinn, campaña de Ricard Ibáñez para Walhalla (Skjaldborg). PARTE 1

Muy buenas, hijos e hijas del Norte, 

Miguel Ángel Villén, ese hermano de escudo que reside en las feraces campiñas de Corduba, ha comenzado a dirigir El ojo perdido de Ódinn (campaña presente en el suplemento Skjaldborg, obra de Ricard Ibáñez, como ya sabréis). Esto me llena de alegría, por supuesto, pero lo mejor de todo es que Miguel Lupino, uno de los jugadores de esta grandísima aventura, ha decidido marcarse unas crónicas-rolatos de la experiencia, y claro, cómo no íbamos a publicar tan buen material aquí, en el blog en el que solemos postear los miembros del Grupo Creativo Walhalla. Un lujazo.

Os dejo con la primera crónica-rolato, que espero que os guste, y al final os cuelgo también algunas foticos de la partida.

ATENCIÓN: Sobra decir que, si tenéis en mente disfrutar como jugadores alguna vez de El ojo perdido de Ódinn, os abstengáis de leer nada de lo que a continuación se narra (ni de sus posteriores entregas), so pena de destriparos todo el excitante argumento de esta memorable campaña.

¡Nos leemos!



El ojo perdido de Ódinn
Parte primera


Soy Asgi Flakison.
Un superviviente.

Cazo para vivir, curo a mis semejantes para que mi familia no pierda su fuerza como clan, y río con ganas ante la adversidad para mantener la moral alta... porque ahora es más necesaria que nunca.

El norte nos convocó.
Los clanes nos reunimos para viajar y saquear, disfrutando de la aventura, y Anglia nos plant su batalla, nos dio la victoria, nos reveló sus tesoros, llenó nuestra panza con sus alimentos y sació nuestro amor con sus mujeres, y entonces festejamos nuestro éxito. Pero un sacerdote del Dios Crucificado decidió que, lo que los hombres no pudieron defender, su dios lo vengaría.
Así, a pesar de morir empalado por nuestras flechas contra la cruz de su altar, lanzó sus venenosas palabras de pesarosos augurios contra nuestros semejantes y nuestras tierras. Y el mundo cambió para nosotros. 

Perdimos batallas, nuestros barcos naufragaron al volver, el clima nos azotó asolando nuestra fuerza, y e incluso entre los escasos compañeros que volvimos reinó el sino más cruel, muriendo unos tras otros hasta que ahora no más de quince de casi 300 vikingos noruegos y daneses seguimos con vida, temiendo el destino.

¿Por qué Odinn no nos protegía del Dios Crucificado en nuestra tierra?

Desde los últimos días de nuestro padecimiento, a menudo me reúno con el piloto de nuestra nave superviviente, Egil Teitsson, junto con uno de los brazos fuertes de nuestros combates, la doncella guerrera Astrid Aridotter, y siempre acompañado de mi fiel hermano de leche, ladronzuelo y pillastre, pero querido hasta el Helheim, Ketill Jokullsson. Charlando entre nosotros, aunque afectados por todo lo que nos ocurría (nos encontrábamos en la última festividad de la villa que acogía nuestro pesar y nuestro fracaso), decidimos hablar con varios godar de confianza justo después de realizar el sacrificio apropiado a Ódinn, y los sacerdotes nos indicaron que la mejor forma de conocer el designio de los dioses para protegernos de la maldición pasaba porque el propio Ódinn nos juzgara dignos a través de una purificación y, tras ello, "encontrar su palabra" para guiarnos hacia un objetivo que nos apartase de nuestros males. Así, en la congregación de la Casa Sagrada, durante tres días la cerveza fue el exclusivo alimento que expulsó los tapujos de nuestra mente para regocijarnos en el fruto de la tierra y comulgar con nuestras emociones más profundas, tras los cuales, después de purificarnos con el sudor y el aroma de humo de hierbas que sensibilizase nuestras mentes para llegar a escuchar la voz de Ódinn, pasamos por el enterramiento de los vivos en el que, durante otros tres días, yaceríamos rodeados por nuestros ancestros en una cripta preparada y cerrada para que nada pudiese perturbar el silencio necesario del suelo sagrado que ponía en comunión la tierra de los vivos con el poder de los dioses. Pues bien: allí fuimos tocados por la voz del Señor de las Runas, el Padre de Todo. Al ser rescatados de los brazos de la muerte ritual y llevados a renovar nuestros sufridos cuerpos con higiene y un festín, fuimos conscientes de que algunos de nosotros habíamos sido dignos de escuchar la voz del Padre de los dioses.

Ódinn había hablado.

Desgraciadamente, algunos como el taciturno Egil fueron incapaces de comprender su significado, mientras los más afortunados, como Astrid, mi hermano y yo, entre otros de los supervivientes del fracasado saqueo, supimos de la voluntad del Señor de Ásgard. Sin embargo, mi preocupación en esta coyuntura se dio al escuchar a nuestra compañera informar de que todo aquello le parecía orquestado por manos humanas más que por la voluntad divina, como una forma de empujarnos hacia un objetivo concreto, lo que no le parecía lo más apropiado para resolver nuestra maldición. A pesar de todo, innegable era la situación que planteaba el hecho de que nuestro encierro era a puerta cerrada, por lo que nuestra fe no necesitaba ser puesta a prueba, sino solo nuestra resolución. De esta forma fue como Ódinn puso en nuestro conocimiento su voluntad, que compartiríamos con nuestros sacerdotes para interpretar sus palabras, de esta guisa:

"Sois dignos de mi atención y dignos de mi protección. Pero para que mi poder sea completo, he decidido recuperar el ojo que Mímir me exigió para obtener mis conocimientos en el Yggdrasil, y así obtener la fuerza que proteja a mi pueblo del Dios Crucificado. Viajad hasta la Fuente de Mímir, y traed mi Ojo. Solo así la furia del Dios Crucificado dejará de asolar a mis hijos".

De estas palabras, los hombres sabios solo supieron decirnos (a pesar de sus investigaciones, y de las nuestras) que la Fuente de Mímir se hallaba en el Bosque Oscuro, en la frontera entre Midgard y Múspellsheim, la tierra de los gigantes de fuego. No importó cuánto preguntamos: nadie supo cómo llegar hasta allí.

Pero los hados no parecían habernos dejado en el olvido, pues dos días después de nuestra visión, se presentó en la celebración sagrada un skáld que, habiendo sabido de nuestro pesar, conocía por suerte el camino hacia la Fuente de Mímir una vez le explicaron las recientes noticias de los dioses. Dicha senda atravesaba el Báltico desde Noruega, rodeando hacia el sur las tierras del este por detrás del reino de los Rus, y después continuando hasta el oeste por tierras ignotas, siempre en drakar, pero por ruta fluvial o ribereña, hasta nuestro destino. Su única petición si nos entregaba la ruta era viajar con nosotros y poder contar nuestra saga. Y la respuesta positiva a su solicitud fue bastante evidente, porque nuestro futuro dependía del mapa y la ruta de aquel hombre.

Así que aquí me encuentro ahora yo, Asgi, disponiendo todo para mi partida y enviando un mensaje a la mujer que deseo sea mi esposa para que conozca mis planes y sepa de mi ausencia por salvar a nuestro pueblo del desastre, además de tratar de razonar con Astrid de que, en cualquier caso, quizás con este viaje y dejando a un lado nuestros miedos y pesares, nuestro futuro cambie para mejor.

¡Y que los cobardes abrazados por el temor sean arrastrados hasta sus cenizas por Ódinn hasta el Helheim!



CONTINUARÁ...









viernes, 13 de abril de 2018

Material extra para Sagarmatha (por Miguel Ángel Villén)

Muy buenas, alpinistas!

Publico hoy una entrada cortita pero de esas que me hacen mucha ilusión, y es que tiene que ver con Sagarmatha, una aventura que disfruté mucho escribiendo (y testeando) y que me ha dado un gran número de alegrías. La mayor de ellas, el hecho de que otros roleros hayan decidido dirigir o jugar esta historia ambientada en el Himalaya, gente como Iris Zancho, Óscar Peña, J. R. Gálvez o el caballero que hoy nos ocupa, mi buen amigo cordobéh Miguel Ángel Villén. Todo un honor, vamos.

Que yo sepa, hasta el momento Miguel Ángel ha dirigido ya dos veces Sagarmatha. Fruto de esta experiencia y de las muchas ganas que le pone a todo, ha venido desarrollando una serie de materiales y ayudas adicionales con los que redondear la experiencia de juego. Yo cuelgo hoy aquí esos materiales, por supuesto con permiso expreso de su autor, para que todos aquellos que lo deseen se los puedan descargar y disfrutar igualmente. Espero que os gusten y os resulten útiles... a mí me han flipado, la verdad.

Pinchad en este enlace para descargaros todas estas estupendas cosas:

  • Un marcador de Puntos de Agotamiento Extremo.
  • Una hoja con marcadores de iniciativa que además incorporan los Puntos de Agotamiento Extremo.
  • Dos hojas con marcapáginas de Sagarmatha.
  • Seis nuevos e impresionantes modelos de ficha de PJ maquetados como si fuesen los pasaportes del equipo del programa de TV "Más allá del límite", ¡flipa! (OJO: Estas fichas presentan las imágenes originales que usé en el testeo de la aventura, que no son las que contiene la versión definitiva de Sagarmatha que se puede descargar en Lektu).
  • Tres hojas de sellos de aeropuerto, para el que quiera seguir maquetando sus cosillas (un recurso genérico la mar de interesante).
  • Dos hojas con las seis tarjetas de embarque de los PJ en su vuelo a Katmandú  (véase más abajo).

En fin, un trabajo muy meritorio.
GRACIAS, Miguel Ángel (y gracias también a su señora esposa, Inmaculada Rico, que sé que ha tenido mucho que ver en la producción de todas estas ayudas).

¡Nos leemos!


Pedazo de ayuda de tarjetas de embarque del vuelo a Katmandú!