Muy buenas, hijas e hijos de Meinna,
Este curso rolero me lo estoy pasando muy bien en el Club Dragom 😊 Básicamente, y exceptuando algunos one-shots sueltos, me he dedicado a testear dos de las próximas publicaciones de Walhalla Ediciones: el Ysystem Cthulhu (testeo que sigue en curso; llevamos 20 sesiones) y una hermosa campaña sobre cuya ambientación ya he hablado por aquí, La ira de los Tashar, que en el futuro verá la luz dentro de la línea Biblioteca de Asgard. Ah, y ahora estoy haciendo el cuarto y último testeo de Talk Station.
Como ya he explicado a fondo de qué va La ira de los Tashar y por qué es tan sumamente buena, hoy me quiero dedicar a comentar la experiencia de la campaña en sí misma, en la que he contado con cinco grandes jugadores (Javi, «Nito», Maite, «Fleky» y Jeixon). Cada uno a su modo y desde su estilo particular de roleo, esta gente me ha dado la oportunidad de desarrollar al 100% el argumento profundo de la campaña y ha permitido sacarle el máximo partido dramático (que es muy considerable). De hecho, creo que gracias a ellos La ira de los Tashar se va del tirón a mi top personal de campañas dirigidas en el Club Dragom, en donde residen Sagarmatha, Go to Hell, la que hice en su día de Degenesis y la que actualmente jugamos de Ysystem Cthulhu.
Os dejo una buena ristra de fotos de nuestras partidas, y seguimos más abajo:
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| Logo coyuntural que hice para jugar la campaña. Cuando se publique será otro. |
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| PJ pregenerados protagonistas, también con imágenes provisionales para el testeo |
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| Mapa del mundo de juego (versión Ignacio; ya habrá uno bonito de verdad cuando publiquemos) |
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| Para las proezas, usamos vainas de jacaranda (¡no se comen!) |
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| Algunos PNJ importantes en las primeras sesiones (Voltearenas causó bastante furor 😆) |
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| En Navidades paramos tres semanas, así que había que recordar COSITAS |
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| De izquierda a derecha: servidor, Javi, «Nito», Maite, «Fleky» y Jeixon |
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| Fase de la campaña de encuentro con los Kanra y creación del nuevo asentamiento |
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| Selección nacional de Meinna |
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| Este día nos faltó «Fleky» (Javi hace la foto) |
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| Meinna Boys |
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| En esta sesión, fue Maite quien faltó |
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| Los caretos de Jeixon en las fotos son carne de meme 😂 |
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| Antepenúltima sesión |
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| Esta fue una PARTIDAZA de escándalo |
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| Ya dije que las vainas de jacaranda no son para comer... |
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| Épico desenlace de la campaña con un pedazo de combate de masas (cuya reglas para Ysystem están a punto de salir) |
La campaña ha resultado tan divertida e inspiradora que me ha empujado a redactar una crónica moderadamente larga de cada sesión. En total han sido once crónicas (once sesiones), que a continuación facilito para todo aquel que tenga ganas de leer y hacerse una idea ajustada de lo que propone La ira de los Tashar. Sobra decir que todo lo que viene a continuación constituye un gigantesco SPOILER, de modo que si confiáis realmente en poder jugar esta campaña en un par de años (que será cuando salga), mejor no leáis nada. Ahora, si sois DJ habitualmente o vuestra memoria es de pez, adelante. Aunque faltan muchísimas cosas (incluyendo todos los flashbacks que trufaron la campaña), creo que ha quedado una bonita crónica 😊
Vamos allá:
SESIÓN 1
Bajo la plenitud dorada de Henä, cuando el bosque respiraba con lentitud y las sombras apenas eran un trazo tenue bajo los troncos gigantes, un cuerno quebró el sosiego. No fue un toque violento, sino un reclamo antiguo, vibrante y cargado de presagio, que sonó hasta cuatro veces, como si brotara desde la mismísima garganta abisal de Eryhil. Su eco se extendió entre las copas y las raíces con una claridad que nadie en la aldea pudo confundir: las hermanas Siguever y Pienegro llamaban a la asamblea.
Surcárboles, Puñoguardán, Bailasoles, Cazalagartos y Cantavientos, al igual que el resto de los convocados, ascendieron por las escaleras de soga y avanzaron por las pasarelas de Nidovigía, donde la cabaña colgante de Ciegoquevé se mecía sobre el vacío con un rumor de ramas tensas y cuerdas antiguas. Allí llegaron también Almaerrante y los jóvenes guerreros Altosalto, Filosolar y Nidohecho, todos con el pulso ligeramente alterado por el sonido del cuerno, ese que jamás se escuchaba sin motivo grave.
Dentro, la penumbra olía a ekii y a corteza húmeda. Ciegoquevé aguardaba con su peculiar serenidad de tronco viejo, mientras Almaerrante se adelantaba para recitar el Caiameï. Su voz, pulida por incontables declamaciones previas, tejía las sílabas sagradas como quien despierta a los antepasados con delicadeza. Cada palabra parecía hundirse en la estructura de la cabaña y hasta en las fibras del bosque más allá. Parecía que los Tashar escucharan desde algún pliegue alto del cielo.
Cuando la letanía se apagó, Siguever y Pienegro intercambiaron una mirada breve y tensa, como si temieran que un error en su relato pudiera alterar el equilibrio mismo del asentamiento. También era evidente que cada una tenía una preocupación distinta latiéndole en los ojos. Entonces, hablaron; contaron lo que habían visto en los bosques del norte: figuras que no deberían estar allí, pasos veloces entre los helechos, marcas recientes en el barro limpio y un rastro perturbador que reconocieron al instante. Sí: los Kanra habían cruzado los límites y se internaban en las tierras de los Waku.
Un murmullo recorrió la cabaña de Ciegoquevé, una corriente tenue pero cargada de inquietud que se adhería a los rostros igual que el polvo de las cortezas. En los tiempos del Ornath, cada signo pesa más de lo que parece, y cada gesto anuncia otro más hondo y más difícil de nombrar. El debate subsiguiente se alargó sin prisas, hecho de frases cortas, silencios que no tranquilizaban a nadie y una atención casi dolorosa a cada matiz. Ciegoquevé permanecía recostado, con el cuerpo delgadísimo envuelto en una calma que nunca se sabía si era sueño o trance y la piel blanquísima, sin un solo temblor. Antes había despertado para susurrar a Bailasoles una profecía apenas hilada; después, cuando la discusión empezaba a agotarse, volvió a abrir los ojos con una lucidez que cortó de raíz todas las voces. Dijo que Surcárboles, el más joven, debía decidir. El muchacho se atrevió a afirmar que lo necesario era ir a ver a los Kanra. Entonces Ciegoquevé cerró otra vez los ojos y su última frase quedó suspendida en el aire un instante, buscando el mejor lugar donde transmitir su verdadero significado: «Cuanto más joven, más Meinna».
Así terminó la asamblea. Afuera, la luz de Henä se extendía sobre las ramas con una palidez que no era habitual, como si la jornada hubiese envejecido en unas pocas horas. Muy arriba, la estructura de Nidovigía respondía al viento con un crujido lento, y bajo la maraña verde del bosque, los pasos invisibles de los Kanra continuaban sin pausa, inconscientes de que su nombre había sido pronunciado, y de que algo (leve todavía, pero inevitable) había comenzado a cambiar.
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| El «amiguete» Almaerrante |
SESIÓN 2
Cuando Henä aún sostenía la mañana con una luz limpia y sin aristas, la aldea se reunió para despedir a quienes partían. No fue un adiós solemne ni cargado de palabras, sino una ceremonia sencilla, como casi todo entre los Waku. Cantavientos se adelantó al centro del claro y dejó que el aire le atravesara el pecho antes de alzar su hermosa voz. Las melodías brotaron despacio, hechas de notas largas y bien respiradas, y se extendieron entre las plataformas, las cuerdas y las raíces, envolviendo a quienes escuchaban en una calma protectora. Algunos cerraron los ojos, mientras que otros bajaron la cabeza. Aquel recitar no pedía valentía ni promesas: recordaba, simplemente, que el bosque aún seguía vivo y que todo viaje contaba con su manto protector.
Tras la ceremonia, Bailasoles, Puñoguradián, Cazalagartos, Cantavientos y Surcárboles abandonaron la aldea. Lo hicieron acompañados por Almaerrante, cuya expresión no ocultaba su escaso convencimiento ante la empresa de ir al encuentro de los Kanra, y también por Siguever y Pienegro, silenciosas y atentas al entorno. Nidovigía caminaba con ellos, nervioso, con la mirada siempre adelantada y los dedos inquietos, con menos coraje del que había esperado para sí mismo. Poco después, el sendero se internaba muy pronto en la espesura y el murmullo de la aldea quedaba atrás, disuelto entre hojas, líquenes y humedad.
En algún punto avanzado del camino descubrieron que no marchaban solos: Voltearenas los seguía desde hacía rato, intentando pasar desapercibida sin conseguirlo ni remotamente. En verdad, nadie la reprendió; bastó una mirada compartida para entender que su curiosidad y su inconsciencia caminaban juntas.
Más tarde, el cielo llamó su atención: muy lejos, casi en el horizonte, dos grandes bandadas de pájaros gigantes de Ruhi se enfrentaban con violencia, girando una en torno a la otra en una lucha despediada. Bastante más adelante, entre helechos aplastados y ramas partidas, encontraron los cuerpos sin vida de algunas de ellas. Los signos del Ornath y su podredumbre eran evidentes en sus picos y garras. Todo estaba mal.
Al caer la noche llegaron a Helechosa y Fresneda, dos aldeas pequeñas, casi silenciosas, sostenidas por plataformas arbóreas de construcción Waku. Allí encontraron una veintena de niños, miradas alertas y temorosas y cuerpos debilitados, que los recibieron con una difícil mezcla de alivio y desconfianza. Pasaron la noche con ellos, compartiendo comida y palabras bajas, mientras el bosque se cerraba alrededor. En la oscuridad, un hendedrasgo intentó acechar las plataformas, pero fue descubierto a tiempo, y sus argucias quedaron frustradas antes de convertirse en tragedia. El resto de la noche transcurrió sin más sobresaltos, entre crujidos lejanos y respiraciones contenidas.
Con la luz del día llegó la decisión: Nidovigía y Voltearenas regresarían a la aldea Waku escoltando a los niños, devolviendo al bosque una promesa de continuidad frágil pero necesaria. Los héroes, en cambio, siguieron adelante junto a Almaerrante, Siguever y Pienegro, internándose de nuevo en la espesura. El rastro de los Kanra aún los aguardaba más al norte, invisible pero presente.
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| Voltearenas |
SESIÓN 3
El día había arrancado sumido en una lóbrega atmósfera de tensión que nadie quiso nombrar. Bailasoles, Puñoguardián, Cantavientos, Cazalagartos y Surcárboles avanzaban junto a Almaerrante y las hermanas Siguever y Pienegro por un territorio cada vez más áspero, donde el bosque se adelgazaba y las piedras asomaban como huesos viejos y podridos. Las tierras negras parecían extender sus tentáculos por todas partes, cada vez con mayor fuerza. Y allí, en un pequeño paso entre canchales, los Waku evitaron la emboscada de los Kanra casi sin darse cuenta, leyendo a tiempo las suspicacias de Rocasol, el chiscado de Bailasoles, y también los silencios mal colocados y las huellas demasiado recientes. Por fortuna, no hubo excesivos gritos ni violencia antes del entendimiento: solo gestos contenidos, manos abiertas y una vigilancia mutua que permitió llegar sin sangre al poblado provisional de los Kanra, encajado este entre rocas y salpicado por signos inquietantes del avance del Ornath.
Los Kanra eran tan jóvenes como los Waku, pero en su manera de moverse y de hablar había algo más duro, más cortante. Su dialecto sonaba áspero, como si cada palabra hubiera sido afilada a fuerza de necesidad. Rawë, su jefe, los recibió sin rodeos. Explicó que ellos también habían perdido a los adultos y, con una calma que dolía escuchar, reveló que los Ancianos Waku se habían reunido con los suyos para marchar al norte, embarcados en una empresa conjunta y misteriosa de la que nadie había regresado. Habló también de los pájaros trueno y de los sombras grises, que habían causado un daño profundo entre los Kanra, y señaló, no muy lejos de allí, la presencia de un «monolito de sangre», algo que ni siquiera su pueblo se atrevía a nombrar en voz alta. Era un mal terrible y tabú.
Los Waku partieron hacia ese lugar con la advertencia de Rawë resonando todavía en sus oídos. El monolito de sangre se alzaba allí, amenazador, en el centro de un claro calcinado. Mientras Cazalagartos descubría unas extrañas marcas en el suelo, los demás evitaron aproximarse demasiado al monstruo palpitante, conscientes de que aquel ser no toleraba la cercanía imprudente. El monolito se alzaba unos cinco metros sobre el terreno, extraño y casi vivo, como si respirara de forma imperceptible. Fue Bailasoles quien, al observar con detenimiento su superficie, sintió cómo el mundo se le estrechaba en el pecho: en la masa carmesí distinguió figuras humanas fundidas en la piedra, rostros detenidos en una quietud tan espantosa como imposible. Entre ellos estaba la Anciana Albazul, a quien había conocido tan bien, atrapada en una eternidad muda.
El combate fue descompensado y brutal. El monolito se defendió lanzando rayos terribles que desgarraban el aire y la tierra, pero los Waku resistieron, heridos y obstinados, hasta lograr imponerse y destruirlo. Cuando el polvo se asentó, Puñoguardián y Surcárboles se encaramaron a los restos y descubrieron unos extraños «pelos» de colores en todo lo alto, así como capas carnosas que podían desprenderse de un ánima-mástil hecho de una piedra imposible, ultrapulida y reflectante, más propia de un sueño malsano que del mundo conocido. No hubo tiempo para comprenderlo todo. Bastó con saber que aquello era la manifestación de un horror temible y misterioso, de algo mucho más grande y amenazador que el propio monolito.
De regreso, los héroes acordaron volver a su aldea junto con los Kanra. Solo Almaerrante se mostró radicalmente en contra de ese proyecto de fusión, pero estaba en minoría. El camino de vuelta fue, en comparación, sencillo, casi engañosamente tranquilo. Sin embargo, al llegar, la presencia de los Kanra despertó suspicacias inevitables. Las miradas se tensaron y algunos puños se cerraron. Esa grieta se cerró poco después gracias a una gran y hermosa ceremonia, en cuyo diseño y realización los héroes tuvieron un papel esencial. Fue un acto de hermandad y de apuesta por el futuro, un intento sincero de tejer algo nuevo con lo poco que quedaba. Incluso una de las mazas ancestrales de los Waku cambió de manos, pues Puñoguardián la entregó solemnemente a Rawë.
La tragedia, sin embargo, se desató cuando la ceremonia alcanzaba su culminación. Dos pájaros trueno irrumpieron en el cielo como una ominosa sentencia. Uno de ellos soltó un monolito de sangre que se clavó en el suelo y comenzó a absorber Wakus y Kanras sin distinción, mientras el otro realizó sucesivas pasadas, destruyendo plataformas, hogares y cuerpos. En medio del caos, Bailasoles logró salvar a Ciegoquevé antes de huir hacia el sur, como el resto de los supervivientes. Puñoguardián y Surcárboles se afanaron en rescatar niños de ambas tribus, arrancándolos al desastre con manos temblorosas. Cantavientos y Cazalagartos resultaron heridos de gravedad mientras ganaban tiempo para los demás. Con todo, la aldea fue arrasada por completo. Clarofecundo, Nidovigía y Guaridarroca dejaron de existir, sin despedidas ni tiempo para el duelo.
Wakus y Kanra se dispersaron en el bosque, hacia el sur, siempre hacia el sur, en una huida desesperada, ciega y colectiva. Entre ramas rotas, humo y gritos, aquel éxodo se convirtió en la imagen misma de lo trágico: un pueblo hecho añicos, caminando a tientas, sin más horizonte que la necesidad de seguir vivos un día más.
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| Rawë, líder Kanra |
SESIÓN 4
Dos ciclos habían pasado desde la emigración, y contra toda expectativa, la vida había vuelto a enraizar. La nueva aldea, llamada «Nuevoocaso», se había alzado como un gesto de terquedad luminosa en medio de un mundo herido. Al oeste, un arroyo ensanchaba su curso en una gran poza de aguas lentas, donde el cielo se quedaba a vivir en el reflejo. Al sur, una garganta estrecha de piedra cerraba el paso como un puño fácil de vigilar, horadada de unas pocas cuevas frescas donde crecían hongos de carne pálida y aroma terroso. Entre ambos límites, tipis Kanra y plataformas colgantes Waku se superponían en torno a Largasombra, el colosal árbol que presidía el lugar. Sus ramas sostenían hogares suspendidos, y sus raíces, tan altas como un tornacráneo, ofrecían refugio. La mayor de ellas, la Magna Raíz, formaba una cueva vegetal donde el aire era siempre húmedo y oscuro. En torno a ese laberinto de madera viva florecían arbustos cargados de color, visitados por abejas enormes cuyas colmenas regalaban a la tribu una miel espesa y fragante, alimento y promesa de superviviencia.
En ese espacio nuevo, aún frágil, los vínculos se tensaban y se anudaban. Puñoguardián, cerrado en su silencio, mantenía a distancia a Nidohecho, como si temiera que cualquier cercanía pudiera resquebrajarlo. Cazalagartos recibió de Rawë una proposición directa, sin rodeos ni máscaras, y tras un tiempo de duda aceptó, comprendiendo que también en el deseo carnal había una forma de alianza y de consuelo. Cantavientos observaba con atención la influencia creciente de Almaerrante sobre Voltearenas, un influjo sutil, hecho de palabras precisas y relatos bien estructurados. Surcárboles ayudaba a la joven Kanra Shae a guiar el arado entre las raíces y los surcos, aprendiendo de ella la paciencia de la tierra. Y Bailasoles, en una de las plataformas, asistía el parto de Anchabrizna, trayendo al mundo una nueva vida entre cantos y manos firmes, en medio de una alegría que parecía ensanchar la aldea entera.
Fue entonces cuando Bailasoles confirmó lo que llevaba tiempo intuyendo. En la palma de sus manos, bajo la piel, latían sus propios hilos-Kugni. Los puso en juego y alcanzó con ellos a su chiscado, Rocasol, en una comunicación que fue como un reencuentro largamente postergado. El descubrimiento no tardó en ser compartido con Cazalagartos y Puñoguardián, en voz baja, eso sí, con la conciencia de que tal vez aún no era momento de llevarlo hasta Rawë.
La calma se quebró cuando el Kanra Reth llegó corriendo desde el exterior, agitado, con el polvo del camino aún en el aliento. Buscó a Rawë, y este hizo sonar el cuerno para convocar la asamblea de «Ancianos». Allí, delante de todos, Reth contó que el campamento de recolección de ekii violeta donde se encontraban Kuln, Skeld y las hermanas Siguever y Pienegro estaba vacío. No había señales de lucha, pero sí de una marcha precipitada, como si hubieran sido sorprendidos por algo. De inmediato, se habló de formar una expedición de rescate.
Antes de partir, Bailasoles tuvo un impulso más hondo. Unió sus hilos-Kugni con los del postrado Ciegoquevé, y en ese contacto recibió una urgencia oscura y terrible: al noroeste, en los Dientes de Fuego, algo parasitaba la tierra y drenaba la vida. Era una amenaza enorme, reciente, pero el deber inmediato pesó más. Los compañeros desaparecidos reclamaban acción.
Cuando llegaron al campamento, el aire estaba quieto y cargado de un desasosiego difícil de nombrar. Hallaron un rastro torpe, como de pasos conocidos que hubieran perdido su ritmo: las huellas de Kuln, Skeld, Siguever y Pienegro avanzando sin orden, como arrastrados. Y, mezcladas con ellas, otras marcas inconfundibles, frías y ajenas: las huellas de un sombra gris.
El bosque guardaba silencio. Algo se había puesto en marcha, y los héroes estaban ya dentro de su sombra oscura y amenazadora.
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| Nuevoocaso |
SESIÓN 5
Tras el hallazgo del campamento vacío y de las huellas torpes, como de cuerpos que caminaban sin plena voluntad, los Waku, Rawë y Reth aceptaron una certeza amarga: el rastro de Kuln, Skeld, Siguever y Pienegro se internaba en el bosque junto con las huellas de un sombra gris. Antes de partir, Surcárboles recogió con cuidado cuanto habían dejado atrás los ausentes y, con el saco de ekii que había trenzado durante la marcha, lo colgó todo de un árbol alto, a salvo de la humedad y de los dientes de las alimañas, como una ofrenda de ekii violera suspendida para que la memoria no se pudriera en el suelo. Mientras tanto, Cantavientos, oculta a los ojos de Rawë y Reth y protegida por la firme cobertura de Puñoguardián y Cazalagartos, intentó ir más allá de los seres visibles y dejar que su hilo-Kugni buscara en el aire. Halló emociones difusas, un temblor de miedo que quizás no pertenecía a nadie concreto, sino al entorno mismo. Y, de pronto, como si una mano invisible hubiera tirado con violencia de ese hilo, la sensación se quebró; el vínculo fue arrancado y el dolor le atravesó el pecho con una punzada seca. Rawë, ignorante de lo ocurrido, creyó que no era más que la dolencia habitual de todos, aquella que los acompañaba ya varios ciclos.
El rastro del grupo desaparecido los condujo hasta un risco donde un frotacortezas, presa de la desesperación, se aferraba a un árbol medio carcomido por el Ornath. Al verlos, se desprendió de pronto y escapó torpemente, como si algo lo hubiera empujado desde dentro, y se precipitó al vacío hasta reventar contra las rocas. Surcárboles y Cazalagartos ascendieron a un risco para comprobarlo, pero solo otearon un cuerpo sin vida, sacudido tal vez por el Temblor Negro, y la evidencia de que incluso el árbol que había sostenido al desdichado rapaï estaba ya tocado por la misma corrupción.
Siguieron adelante. Cazalagartos confirmó que las huellas eran moderadamente recientes, y poco después Surcárboles, desde entre los arbustos, distinguió algo: un cuerpo inmóvil. Tomó la mano de Bailasoles antes de atreverse a mirar el rostro del que yacía. Era Skeld. El nombre escapó de sus labios y corrió, incapaz de contener el espanto. Rawë llegó justo tras él y cayó de rodillas al ver los orificios que atravesaban la espalda de su primo, heridas limpias, abiertas por un «palo de fuego», el arma de los Sombragrises, cuyas flechas al parecer no viajan y, sin embargo, aparecen. Mientras unos consolaban al jefe Kanra, Puñoguardián examinó el lugar y halló, entre la hierba, uno de aquellos proyectiles: un fragmento de metal del tamaño de un dedo, con la punta aplastada, frío y desolador.
Decidieron no rendirse al duelo y seguir el rastro de los vivos, pero cerca de las Cien Charcas las huellas se dispersaron sobre la piedra en un zig-zag deliberado. El Ornath se había extendido allí con una rapidez alarmante. Fue entonces cuando Cantavientos, en la ribera de una poza, halló un lenguiveta, un rapaï serpentino que custodiaba su nido. Tras lograr un instante de soledad, se acercó con osadía y le tendió la mano. El rapaï respondió abriendo su pecho y enlazando su inmenso y triple hilo-Kugni con el de ella. En esa comunión vio a los secuestrados, caminando bajo la vigilancia de un sombra gris, rumbo a una montaña chata. Al regresar, ocultó la verdad bajo el velo de una antigua canción que hablaba de una aldea prohibida en aquella cumbre, y así condujo al grupo hacia su destino.
La montaña los recibió con una grieta irregular que, una vez dentro, se transformaba en paredes lisas, verticales, de una materia demasiado perfecta para ser obra del tiempo. Antorchas de ekii iluminaron un túnel marcado por extrañas luces rojas y silencios tensos. Bajaron por una escalera perfecta que parecía de metal y hallaron alargados rastros rectos y negros, algunos inflamables al contacto con el fuego. Descendieron más, hasta que dos paneles reflectantes cerraron las salidas y un gas maligno comenzó a caer del techo. Con ingenio y desesperación, Cantavientos selló las rejillas con la «miel férrea» de Bailsasoles, endurecida al aire, y el veneno gaseoso se detuvo.
Entonces oyeron ruidos amortiguados pero progresivamente cercanos. Las planchas de metal se abrieron, y del humo emergió una figura alta, de ropajes oscuros y placas pétreas, con luces y surcos rojos brillando en su máscara inmóvil. Portaba un palo de fuego y hablaba la lengua Waku, aunque con un extraño deje. Era un sombra gris, claro, y les ordenó que bajaran las armas, pero Bailasoles forzó el combate. El palo de fuego escupió su muerte, pero no alcanzó a nadie. En cambio, una maza en manos de Surcárboles abrió una grieta en el yelmode piedra del sombra gris y dejó ver, bajo ella, un rostro humano, viejo como el de los Ancianos. Entre llamas de miel y golpes desesperados, el sombra gris cayó para no volver a levantarse.
Cuando apagaron el fuego y retiraron su casco, el cuerpo del sombra gris convulsionó, escupió una espuma blanca y se extinguió. Y en el silencio que siguió, pesado y antinatural, Wakus y Kanras comprendieron que aquello no era un monstruo, sino un hombre de alguna manera transformado, y que el sendero que habían tomado los llevaba mucho más adentro de la herida del mundo de lo que ninguno había podido imaginar.
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| Un sombra gris |
SESIÓN 6
Tras la caída del sombra gris, cuando aún flotaba en el aire el olor acre del metal quemado y la vida extinguida, los Waku y los Kanra permanecieron un instante en silencio, escuchando el pulso extraño de la cabaña subterránea. Rawë habló entonces con gravedad. Aquel lugar no era una simple guarida, sino un ultraje abierto en Meinna, un artefacto antiguo y peligroso. Recordó que la aldea de Nuevoocaso dependía de ellos, y que una muerte allí, en las entrañas de aquella construcción imposible, podría ser también la muerte de todos los suyos. En cierta forma, propuso regresar. Pero la probable presencia de los cautivos, la muerte del sombra gris y la certeza de que todo aquello tenía que estar ligado al Ornath pesaron más. Decidieron descender más, aun sabiendo que cada paso podía ser el último.
Fue Bailasoles quien comprendió primero el lenguaje oculto de las puertas, la manera de hacerlas ceder con un gesto preciso, como si la cabaña de metal reconociera las manos. Así comenzaron a abrirse ante ellos estancias que parecían soñadas por otra especie. Hallaron una sala de mesas metálicas cubiertas de cuadrados negros sin vida y montones de hojas brillantes que no se dejaban rasgar, junto a pequeñas barritas que regalaban una luz fría y constante, como fragmentos domesticados de Herä. Más adelante, una cámara albergaba un nido de arañas de metal y cristal suspendidas entre cientos de botones y ojos apagados, quietas como si aguardaran una orden.
Cruzaron después una larga galería de placas blancas y espejos tan perfectos que inquietaban, donde tronos de cerámica guardaban agua inmóvil en su seno. Allí encontraron rollos de un ekii extraño, suave y níveo, un tesoro inesperado que parecía nacido de la pureza misma. Cerca de allí, una caverna oscura latía como el estómago de toda la estructura. Un zumbido fantasmal recorría filas de cajas negras con ojos rojos, y el aire era frío, cargado de esos finísimos «pelos» de ánima cobriza que erizaban la piel. Surcárboles sintió allí un miedo antiguo, como si algo los observase desde dentro de la vidriopiedra, pero Rawë se encargó de sacarlo de su ensimismamiento a golpe de maza. Esto provocó una peligrosa fricción con Puñoguardián, conflicto que quedó pospuesto, aunque no solucionado.
Dos salas contiguas ofrecían mesas con brazos de metal articulados y cristalería de una transparencia imposible. En frascos y vasos dormían polvos de colores y líquidos ya secos, reliquias de un saber tal vez muerto, y recipientes tan puros que parecían dignos de ceremonias sagradas. Algo más allá, tras puertas pesadas con pequeñas ventanas cuadriculadas, se abrían las mazmorras. Camas de metal incrustadas en el suelo, anillos en las paredes… y, en huecos separados, Siguever, Kuln y Pienegro. Vivos, pero mutilados en lo más hondo: sus hilos-Kugni habían sido seccionados. Aquellos hilos aparecieron luego, guardados en una gran caja fría, junto a los frascos de vidrio. Pero antes Rawë, aceptando un riesgo desconocido, permitió que Surcárboles lo guiara en el contacto con el Kugni. Lo hizo con firmeza, con una rapidez que revelaba su temple, y desde entonces no volvió a dudar: había que llegar al fondo de la cabaña.
Encontraron también la alcoba del sombra gris, casi íntima en su extrañeza: un jergón sorprendentemente cómodo, «cajas mágicas» llenas de comida deliciosa que desafiaba al tiempo y una pequeña cajita hacedora de fuego con inscripciones incomprensibles, un objeto humilde y a la vez prodigioso. Luego, una gran sala se abrió como un consejo de caudillos antiguos: una mesa inmensa mostraba el mapa de Meinna, reconocible y a la vez herido por signos nuevos; alrededor, sillas altas como tronos; en la superficie, varillas capaces de lanzar un haz de luz roja. Surcárboles adaptó una de ellas al arco de Cazalagartos, y Bailasoles, al leer el mapa, descubrió la red de otras cabañas de metal y la presencia de varios monolitos de sangre, con uno, descomunal, señalado en los Dientes de Fuego.
Aún más inquietante fue la sala de los dos grandes anillos, donde pequeños mundos encerrados en cajas grises mostraban, como ojos sin párpados, estancias vacías y pasillos en penumbra de la propia cabaña de metal. Allí hallaron tres palos de fuego más y una armadura completa del sombra gris, yelmo incluido, muda y expectante.
Reth se había quedado cuidando de los rescatados, mientras Rawë y los héroes continuaron. Varias rampas abruptas ascendían o descendían hacia otros niveles, bloqueadas por gigantescas jaulas de metal. Comprendieron que, para alcanzar el quinto nivel, habría que bajar por una de ellas, deslizándose casi al vacío y exponiéndose a un salto extremadamente arriesgado. Cazalagartos midió el peligro, pero fue Puñoguardián quien, exhausto y sin apenas sueño, decidió intentarlo. Colocó un pie, luego el otro… y el mundo se le fue por encima de las manos, que no llegaron a agarrarse en asidero alguno.
Cayó con violencia. Su cilindro de luz azul rodó lejos, y en la penumbra, con la cabeza ensangrentada y el pecho ardiendo de rabia y dolor, Puñoguardián alzó la mirada desde el suelo del abismo subterráneo.
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| Kuln, Reth y Skeld, guerreros Kanra |
SESIÓN 7
Ante Puñoguardián se extendía un enorme nido rapaï cuidadosamente dispuesto… y custodiado. Una hendedrasga de tamaño descomunal alzó entonces la cabeza. Varios huevos grandes y pálidos reposaban bajo su cuerpo. La criatura fijó sus ojos en el intruso con una furia tan inmediata como antigua. Puñoguardián comprendió, sin necesidad de pensamiento alguno, que estaba peligrosamente cerca de aquello que no debía ser tocado. Se levantó como pudo y corrió hacia la estancia más cercana. El suelo tembló cuando la hendedrasga se lanzó tras él, las fauces cerrándose con un chasquido seco. Llegó a la puerta por un suspiro y la cerró de golpe. El impacto resonó al otro lado del metal y amenazó con reventar el acceso. El Waku se había salvado… pero había quedado atrapado, a oscuras, sin su cilindro de vidriocristal de luz fría, con el cuerpo dolorido y el corazón desbocado.
El rugido de la bestia ascendió entonces por las entrañas de la cabaña de metal como un presagio. Cazalagartos lo oyó y lo comprendió todo al instante. Advirtió a Bailasoles de que no bajara, aunque este insistió en buscar ayuda antes de descender. Cazalagartos, sin embargo, no esperó. Bajó con cuidado, sujetándose a la columna de metal, hasta quedar a la altura de la gran caja varada en la rampa, y desde allí disparó con su nuevo palo de fuego.
La hendedrasga respondió al sonido. Avanzó hacia la rampa, mostrando las fauces y el cuerpo tenso, dispuesta a matar. Ese movimiento abrió una grieta mínima en su vigilancia. Puñoguardián salió de su escondite y cruzó el salón hasta alcanzar el vidriocristal. Sus dedos lo rodearon… y entonces la criatura giró la cabeza. ¡El baile de sombras de luz fría la alertó! La embestida fue brutal. Puñoguardián logró esquivarla por un palmo y se refugió en otra estancia. Allí, al alzar de nuevo el vidriocristal, descubrió un recinto inquietante: montones de piezas de metal negro, discos, esferas y barras enormes, como si aquel lugar hubiera sido un santuario dedicado a espíritus de tendones y huesos de hierro.
Mientras tanto, Bailasoles ya corría escaleras arriba en busca de Surcárboles y Rawë. Dejaron a Cantavientos y a Reth cuidando de los heridos y regresaron a la rampa con una soga de ekii. Surcárboles siguió anudando la cuerda mientras Bailasoles bajaba el primer tramo. Rawë sujetaba el extremo superior, serio e inexpresivo. Cazalagartos entregó entonces el palo de fuego a Bailasoles y descendió hasta el suelo. Allí, en la penumbra rota por la luz de su vidriocristal, comenzó la verdadera batalla. La hendedrasga arremetió con furia ciega. Dos veces intentó morder a Cazalagartos, que se salvó por los pelos. Bailasoles bajó y dudó apenas un latido antes de disparar el palo de fuego. La bala destrozó uno de los carrillos de la bestia. El rugido que siguió sacudió la cabaña de metal de arriba abajo. Cazalagartos se encaramó al lomo del monstruo e intentó someterlo, pero la ferocidad de la criatura la lanzó contra el suelo. Entonces llegó Surcárboles, corriendo con una determinación desesperada, descargando mazazos contra el cuello de la hendedrasga, arrancándole solo la atención, pero creando un resquicio. Puñoguardián salió entonces de su escondite con su maza ancestral Waku en todo lo alto. El golpe sagrado y la segunda descarga del palo de fuego sellaron por fin el combate. La hendedrasga cayó. El silencio regresó, pesado y lleno de restos orgánicos esparcidos por el suelo.
Cazalagartos cumplió su ritual de venganza sin palabras. Surcárboles arrancó escamas, ya imaginando una futura armadura de piedra. Dos huevos fueron atados al lomo de Rocasol o portados por Bailasoles. Y cuando todo parecía volver a ponerse en su sitio, descubrieron horrorizados que la soga de ekii había desaparecido. Rawë no respondía a los gritos. ¡Los había abandonado! La única salida entonces fue el túnel excavado por la propia hendedrasga, un pasaje ancho pero incómodo, pensado para un cuerpo cuadrúpedo. Salieron de la montaña exhaustos y rodearon su base hasta alcanzar la encrucijada que conducía de vuelta a Nuevoocaso. Había pasado mucho tiempo.
Allí, la tierra hablaba. Dos rastros distintos se abrían ante ellos. La discusión fue amarga, cargada de reproches y miedo. Surcárboles siguió uno de los rastros hacia el sur, marcando el suelo con una rama y una escama de hendedrasgo. Pero las dudas, sembradas con palabras duras, quebraron su concentración. El rastro se volvió confuso. El rumbo se perdió. Cuando los demás lo alcanzaron, el joven estaba en cuclillas, llorando en silencio, trazando círculos inútiles en la tierra. En ese momento, el grupo se partió en dos. Bailasoles y Puñoguardián regresaron a la cabaña de metal. Cazalagartos y Surcárboles continuaron hacia el sur, sin apenas dormir, empujados solo por la obstinación. La noche los desgastó. El humo aún raspaba los pulmones de Surcárboles, que cayó rendido, pero Cazalagartos lo sostuvo y luego lo obligó a avanzar, paso a paso. Al alba encontraron a Rawë y a los suyos de camino a Nuevoocaso, desprevenidos, momento que Cazalagartos supo aprovechar. El palo de fuego habló primero. Rawë cayó gravemente herido, aunque no muerto. El arma falló después, y el combate cuerpo a cuerpo fue breve y definitivo. Rawë cayó sin vida. Reth fue abatido y atado, temblando, negándose a conectar su hilo Kugni con el de nadie. Skuld se rindió, alicaído.
Cuando los caminos de todos volvieron a unirse, Rawë yacía aún sobre la tierra. Fue incinerado con honor. Sus cenizas aún calientes mancharon el rostro de Cazalagartos como una marca de vergüenza y memoria. Cantavientos había sido golpeada y se refugiaba en el mutismo. Bailasoles estaba sombrío, incluso más que Puñoguardián. Y Surcárboles tenía dudas; algo le pasaba por la cabeza...
El regreso a Nuevocaso fue amargo, pero la aldea recibió al grupo con alivio, aunque también con grietas nuevas. Los Kanra comenzaron a apartarse de los Wakus en cuando se enteraron de la ausencia de Rawë. Voltearenas reveló que Ciegoquevé había despertado gritando sobre el parásito que devoraba la tierra. Por si fuese poco, uno de los huevos de hendedrasga comenzó a abrirse, y su latido nuevo llenó de inquietud a Bailasoles. También se habló con Almaerrante, Pielsalvaje y los demás «Ancianos» sobre los próximos pasos a seguir. Se discutió hasta la extenuación. Se tomó una decisión clara: marchar hacia los Dientes de Fuego y enfrentar aquello que drenaba la vida del mundo.
Y al amanecer siguiente, mientras toda la aldea se reunía para el obligado duelo por el liderazgo de los Kanra, Surcárboles optó por seguir trabajando en silencio en su choza, sin levantar la vista de la lejana y extraña montaña del sombra gris. Cazalagartos preparó a Puñoguardián con rituales antiguos y hermosos, y el combate que vino a continuación fue breve y brutal: el primer golpe verdaderamente limpio de Puñoguardián acabó con Reth en el suelo, inconsciente. Así fue como liderazgo cambió de manos. Justo entonces, una joven Kanra dio un paso al frente...
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| Un hendedrasgo |
SESIÓN 8
El duelo había terminado, pero el silencio que siguió no fue el del descanso, sino el de la expectación. El suelo aún conservaba la huella del combate cuando una joven avanzó hasta el círculo y alzó la voz para que la oyeran tanto los Kanra como los Waku. Su proclamación elevó una alianza nueva, poderosa e irrevocable. Puñoguardián sería reconocido como líder, y ella, Drissa (antigua compañera de Rawë), ocuparía su lado. La sorpresa fue mayor aún cuando presentó al pequeño Lokma, de apenas tres ciclos, y lo puso bajo la protección del nuevo jefe, nombrándolo su hijo ante todos.
Puñoguardián aceptó, todavía atónito, y la decisión se selló sin réplica. Así nació la tribu Wakanra, la unión de dos pueblos que hasta hacía poco caminaban separados. Hubo júbilo, cantos, fuego y comida compartida. Cantavientos dirigió los festejos con una cría de hendedrasgo en el regazo. Solo Cazalagartos permaneció al margen, con la certeza amarga de que aquella proclamación escondía hilos invisibles aún por tensar. Durante la celebración, se reveló al fin el secreto de los hilos-Kugni, latentes en quienes ya sentían la punzada en las manos. Unos pocos los pudieron mostrar esa noche, conectándose entre sí, compartiendo recuerdos, intuiciones y emociones con una euforia casi peligrosa, como si la aldea entera respirara con un solo pulmón.
Al amanecer, el viaje hacia los Dientes de Fuego volvió a imponerse. Mientras el grupo se preparaba, Surcárboles no aparecía. Cazalagartos subió a su choza y encontró solo a Voltearenas, jugueteando con la barrita plateada del sombra gris muerto, que emitía el haz de luz roja. La niña le explicó que el artesano había partido solo, arrastrando un extraño arado con una caja encima, y que le había regalado su vara de luz. Irritada por aquella imprudencia, la cazadora propuso al resto continuar sin ella y siguió el rastro evidente del artefacto.
Surcárboles avanzaba con un día de ventaja, empujando el cajarado más allá de sus fuerzas. El trineo se acabó atascando entre raíces antiguas y, al forzarlo, se rompió. Exhausto y frustrado, se detuvo… y entonces reconoció el lugar. Allí cerca yacía el cadáver de Skeld, maltrecho por la descomposición y marcado ahora por mordeduras recientes. El artesano comprendió el peligro demasiado tarde. Un frotacortezas hambriento y enfermo se abalanzó sobre él, quedando momentáneamente atrapado, pero liberándose con rapidez. Cuando el rapaï se preparaba para el ataque definitivo, un certero virote surgido de la espesura le atravesó el cráneo.
Cazalagartos emergió de los arbustos, furiosa, con el arco entre las manos. Recriminó la temeridad del joven y exigió que regresara con ella. Surcárboles, herido en su orgullo, confesó que solo buscaba comprender mejor las herramientas de los sombras grises y la magia de los Tashar; no volver a ser débil cuando el peligro regresara. Mas no halló comprensión. Juntos realizaron un ritual de fuego para Skeld y emprendieron el camino de vuelta a paso rápido.
Mientras tanto, el otro grupo había alcanzado un remoto cruce junto al manglar conocido como «Lágrima de Aldaa». En su ruta, habían hallado aldeas Waku arrasadas por el Ornath y finalmente el gran lago, antaño hermoso, convertido ahora en un pozo de pestilencia, lleno de cadáveres y rodeado de vegetación muerta. Durante la espera, Drissa compartió, a través del hilo Kugni, una antigua y olvidada leyenda Kanra: la de un primordial etéreo llamado «Bakyi», que surcaba los cielos entre Eryhil y Zhyrak, y una tribu del desértico norte que poseía palos de fuego, los Niäl. Con ello daba a entender que las herramientas de los sombras grises podían y debían ser usadas.
Cuando por fin el grupo volvió a reunirse, aún con el mal sabor de la separación reciente, Surcárboles se detuvo y pidió algo de tiempo: una hora entera con Cazalagartos posando para él. La cazadora lo miró con desconfianza, pero aceptó. Surcárboles extendió ante ella las piezas de ekii, las agujas y las escamas de hendedrasgo cuidadosamente pulidas, y comenzó a trabajar siguiendo los surcos, los engarces y las placas de la armadura del sombra gris que vestía. Al terminar, la armadura improvisada relucía con una belleza extraña y áspera. Surcárboles la llamó «Piel de Drasgogris» y, al pronunciar el nombre, parecía sostener algo más que una obra: una promesa de no volver a estar indefenso.
Fue entonces cuando Drissa fijó la mirada en el segundo palo de fuego, el que colgaba inerte de las cuerdas del artesano. Lo pidió sin rodeos, con la seguridad de quien está acostumbrada a que se le obedezca. Surcárboles negó con la cabeza. Dijo que el arma no funcionaba, que aún estaba incompleta, y que él necesitaba tiempo. Drissa frunció el gesto y se colocó detrás de Puñoguardián, buscando su respaldo sin decirlo en voz alta. La tensión quedó suspendida en el aire, sin estallar, mientras el grupo retomaba la marcha bordeando el lago negro, cuyas aguas densas devolvían reflejos rotos y un olor dulzón a corrupción antigua.
Mucho más allá, el terreno cambió. Una lengua de tierra se irguió hacia el norte, blanda pero firme bajo los pies. El pasaje se estrechaba formando un pequeño corredor encajonado. Drissa mostró inquietud y Cazalagartos empezó a examinar el suelo. Todos estaban alerta. Fue entonces cuando Surcárboles, cansado de dudas y miradas, echó a correr atravesando el pasaje sin mirar atrás. Su osadía activó lo que emboscaba bajo las aguas, y un sogril emergió con violencia, con sus grandes hilos-Kugni vibrando al unísono en un chillido estremecedor. El sonido atravesó cuerpos y pensamientos y varios cayeron de rodillas. Puñoguardián, Drissa y Cazalagartos resistieron el impacto y se lanzaron al combate. Hubo flechas, golpes de maza y caídas en la laguna, pero la criatura murió retorciéndose y el manglar putrefacto recuperó su silencio tenso.
Cuando todo terminó, las miradas volvieron a Surcárboles. El joven artesano permanecía inmóvil, exhausto, con los hombros caídos, preguntándose en silencio si Ciegoquevé se había equivocado al señalarlo como guía. Bailasoles fue quien rompió esa presión muda, recordando a todos que la responsabilidad también es una herida, y que nadie camina recto bajo su peso constante. Drissa expresó su apoyo en términos similares, aunque Cantavientos se mantuvo en silencio.
Siguieron adelante, y cuanto más se acercaban a los Dientes de Fuego, más evidente resultaba la anomalía del lugar. No había calor en el aire, ni temblor en la tierra, ni columnas de humo ensuciando el cielo. Donde deberían rugir las montañas ardientes se abría un valle muerto, árido, como si el mundo hubiera contenido la respiración. Allí, Surcárboles se detuvo una vez más y examinó con atención el palo de fuego dañado. Recordó las enseñanzas de Brazoarcilla: palpó cada unión y cada ranura hasta descubrir unos dientes de metal, semejantes a la extraña flecha de Puñoguardián. Comprendió entonces la magia... ¡era un mecanismo! Trasvasó los dientes, los encajó con cuidado, cerró la caja y el arma volvió a estar completa. Lista para atronar.
Drissa reaccionó con un brillo ávido en los ojos y exigió el palo de fuego reparado. Surcárboles dudó, recordando la última vez que confió en un Kanra poderoso. Puñoguardián no dudó por él: le entregó su propia arma a su compañera, reafirmando que su verdadera fuerza no dependía del fuego ajeno, sino de su maza sagrada.
Fue entonces cuando Cazalagartos lo vio: en el centro del valle se alzaba el gran monolito de sangre, pulcro, sin grietas ni cuerpos atrapados, como si aguardara su momento. Pero no solo eso: gracias al ojolejano pudieron escudriñar los alrededores y distinguir dos figuras imposibles de confundir: una pareja de sombras grises armados con palos de fuego y acercándose poco a poco. Al instante, sus voces se propagaron por el valle, amplificadas y deshumanizadas, exigiendo rendición y la entrega inmediata de las armas.
No hubo negociación. Tras todo lo vivido, tras las mutilaciones y el encierro, Cazalagartos respondió con un disparo de su arco y el combate estalló. Puñoguardián cayó sobre uno de ellos como una avalancha, desarmándolo antes de recibir un fuerte golpe en la cara. Flechas y fuego terminaron el trabajo. El segundo sombra gris disparó varias veces con desesperación, y un proyectil rozó la cabeza de Surcárboles, que a su vez reventó su propio palo de fuego. El artesano respondió alzando el segundo palo de fuego que atesoraba. El cristal del arma capturó fortuitamente la luz de Herä y la devolvió como un destello cegador contra la máscara enemiga. Aprovechando la confusión, Puñoguardián, Bailasoles y Rocasol se lanzaron sobre él.
Entre los tres redujeron al sombra gris y lo sujetaron. Al fin, le arrancaron el yelmo. La siniestra máscara se desprendió con un chasquido seco y rodó por el suelo del valle de piedra como un sol negro expulsado de su órbita. Rebotó una vez, dos, levantando polvo, hasta quedar inmóvil a los pies de Bailasoles, mirándola sin ojos, muda al fin, mientras el verdadero rostro del sombra gris quedaba expuesto al aire tibio, desnudo de artificio y de amenaza.
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| Drissa |
SESIÓN 9
El segundo sombra gris cayó, pero no murió... aunque lo intentara. Bailasoles lo tuvo claro: recordaba demasiado bien al otro sombra gris y la espuma blanca brotando de su boca tras morder quién sabía qué, así que sacó de su zurrón un puñado de hierbas y resinas, los mezcló con una bola de ekii violeta y aplicó el áspero purgante con la velocidad del rayo. Puñoguardián sujetó al prisionero con firmeza mientras el animista le obligaba a tragar. El cuerpo del sombra gris se arqueó, tosió y, al fin, expulsó un líquido espeso y oscuro que olía a metal oxidado.
Mientras tanto, Cazalagartos registraba el cadáver del otro sombra gris con la precisión de quien no deja nada al azar. Se hizo con un nuevo palo de fuego y una vara negra de superficie opaca, fría al tacto. Surcárboles, ajeno al asco o al temor, recogió el casco caído y se lo colocó. El mundo se transformó entonces. Los cuerpos vivos estallaron en contornos ardientes, en gamas superpuestas que delineaban músculos, pulsos e hilos invisibles. El suelo, las rocas, todo lo muerto, permanecían en azules profundos y fríos. Aquella visión no distinguía formas: distinguía energía.
Para sorpresa de los Wakanra, el prisionero habló en una lengua incomprensible. Nadie entendió nada. Hizo señas insistentes hacia el casco y Cazalagartos tomó el del cadáver y se lo ajustó al rostro. Solo en ese momento, cuando el casco volvió a cubrir su cabeza, comenzó a hablar en la lengua de Meinna, con una fluidez casi antinatural. Dijo llamarse «REP-1003». No era un nombre, sino una designación. Dijo provenir de las estrellas. Y afirmó que Meinna agonizaba sin remedio.
Las preguntas cayeron sobre él como lluvia tensa. ¿Había más sombras grises cerca? ¿Cómo destruir el monolito de sangre? ¿Qué eran en verdad los Tashar? ¿Dónde encontrarlos? El anciano respondía con una mezcla de resignación, fatalismo y amarga ironía. Era un exiliado, o quizás un prisionero dejado a su suerte. Los monolitos, a los que llamó «disruptores», no eran simples armas: extraían la energía de los primordiales. Solo existía un Tashar, creado por «su pueblo», y ahora eran ellos quienes servían a esa entidad. Habitaba en la Montaña de Hierro, en Ruhi. Eryhil, el primordial de Lihi, sufriría el mismo destino que Bakyi, el del aire del desierto de los «derrotados» Niäl.
Surcárboles, que oía al prisionero en su lengua original sin comprenderla, se apartó. Sacó ekii verde de su zurrón, una estaca y su martillo Rompesombras. Talló piedras redondeadas y fabricó nuevas armas: colas boleadoras, látigos que, al tensarse, convertían su extremo en un trío de rocas capaces de atrapar o derribar. Con el sobrante tejió una soga para asegurar al sombra gris.
Poco después decidieron explorar la caverna de metal. Era mucho menor que la anterior: pocas estancias, cierta dejadez, superficies no del todo limpias y silenciosos artefactos de metal. Drissa halló unos bloques compactos que el prisionero llamó «comida». Cazalagartos los probó y los escupió con gesto de asco. El sombra gris activó entonces uno de los artefactos y el bloque se transformó ante sus ojos en una hogaza hermosa, fragante y de miga suelta. Algunos la probaron con fascinación; otros rechazaron aquello que no comprendían. Rocasol robó un pedazo y huyó masticando pese a las protestas de su dueño. Surcárboles no se quitó la máscara.
Entre cajas llenas de dientes para los palos de fuego y preguntas que conducían a revelaciones amargas, la tensión creció. Surcárboles, percibiendo en sus compañeros una frustración punzante, descargó una cola boleadora contra REP-1003. El latigazo le reventó la nariz bajo el casco y lo arrojó al suelo. Al tiempo, Cantavientos manipuló un cristal en la entrada y toda la energía se apagó. Los cascos dejaron de funcionar; Surcárboles exclamó que volvía a ver «normal». El sombra gris, en cambio, gritó con auténtico terror y corrió a reactivar los controles. Lo logró, pero demasiado tarde. El temblor negro lo tomó. Cayó vomitando un icor oscuro, espeso como la bilis. Rogó por un elixir, y extrajo un cilindro de cristal lleno de líquido ambarino, que bebió. Pero apenas alivió nada. Antes del final, advirtió algo: era mejor que tuvieran cuidado con Almaerrante, al que llamó «profanador». Puñoguardián le brindó entonces una muerte rápida.
Sin demora, marcharon contra el gran disruptor de la llanura. Surcárboles y Cazalagartos avanzaron primero, ambos con los cascos. Drissa y Bailasoles tomaron distancia con sus palos de fuego; Puñoguardián aseguró a Drissa con una cola boleadora por si el pilar descargaba su furia. Cantavientos permaneció más atrás, recordando el rayo que una vez casi la consume.
Los disparos iniciales no impactaron de lleno, pero el monolito comenzó a vibrar. Cuatro arcos eléctricos surcaron el aire. Mientras Drissa, Puñoguardián y Bailasoles huían, Surcárboles abrió grietas profundas en la estructura y Cazalagartos, recordando una enseñanza de Hojatersa sobre las escamas vulnerables de un rapaï, concentró una espectacular ráfaga de dientes en el mayor de los agujeros. El disruptor crujió y se desplomó, revelando el núcleo plateado en su interior.
A sus pies brotó entonces un pequeño hongo atravesado por un hilo fino. Surcárboles, convencido de que era un hilo-Kugni de la propia Meinna, abrió su palma y conectó. Lo que experimentó fue una sinfonía de dolor acumulado, seguida de alivio, gratitud y una euforia inmensa. Vio a Eryhil. Pero la avalancha quebró su mente. Cayó convulsionando. Cuando le retiraron el hilo y el casco, lloraba y sonreía a la vez. Susurró «Voltearenas» antes de quedar inerte. No estaba muerto, pero ya no estaba con ellos... nunca más lo estaría.
Regresaron hacia Nuevoocaso con el cuerpo de Surcárboles cargado por Cazalagartos, envuelto en mantas de ekii y silencio. La victoria sobre el monolito no pesaba tanto como aquel muchacho inerte, cuyo rostro parecía escuchar todavía algo que los demás no podían oír. Cruzaron la Lágrima de Aldaa, dejaron atrás las Cien Charcas y el cansancio se les metió en los huesos como una humedad antigua. Todos sabían que algo se había fracturado dentro de ellos.
La última noche, el presagio llegó sin forma visible. Cantavientos dormía cuando su palma se abrió sola, como si ofreciera algo al vacío. Su hilo-Kugni se desplegó, vibrante, buscando en la oscuridad. En su sueño, los bosques gemían. No era un ruido concreto, sino una presión creciente, una llamada de dolor. Los rapaï corrían en su visión empujados por un dolor sónico. Todos convergían hacia un punto único: Nuevoocaso. La atrapaleyendas despertó con un grito ahogado y sudores fríos. Puñoguardián y Drissa, liberados ya de su deseo, fueron testigos de todo.
Apresuraron el paso durante horas que parecieron días, y cuando al fin divisaron lo tipis, no encontraron humo de hogar ni cantos de alegría, sino el estruendo de un asedio. El horror había tomado cuerpo. Hendedrasgos embestían empalizadas, frotacortezas pisoteaban cultivos y otros rapaï menores corrían entre las llamas y los gritos. Al frente, como una locura erguida, un tornacráneos gigantesco sacudía la tierra con cada paso. Su lomo reptiliano era más alto que los tipis, y su mandíbula abierta generaba un bramido que no era de hambre, sino de furia inducida.
Combatieron exhaustos, con la rabia del que defiende lo único que tiene. Los arcos de Siguever y Pienegro cantaron y los palos de fuego escupieron dientes ardientes. Puñoguardián se plantó ante la bestia como un muro de carne y determinación, desviando su embate con la maza sagrada. Drissa, temblando pero firme, disparó para cubrirlo. Pielsalvaje arrebataba niños y ancianos de la estampida a lomos de su lauye. El aire era polvo, sangre y miedo, mucho miedo.
Mientras tanto, Bailasoles y Cantavientos irrumpieron en la choza de Almaerrante. No estaba allí. Escondido, hallaron un cilindro que vibraba con una luz interior apenas perceptible. Cantavientos comprendió que aquello no era un instrumento cualquiera, sino una llamada: una orden que enloquecía a los rapaï y los empujaba a la matanza. Bailasoles sostuvo el artefacto mientras ella tanteaba su superficie hasta encontrar una hendidura mínima. Presionó... y el mal cesó. No fue un estallido, sino un apagarse. Y como humo dispersado por el viento, la horda perdió cohesión. Las bestias se detuvieron, confundidas, y poco a poco retrocedieron hacia el bosque.
Entonces Rocasol aulló. No era un aullido de triunfo, sino un lamento. Ciegoquevé yacía sobre su lecho, apuñalado, la piel pálida como ceniza bajo la luz de Herä. Sus manos estaban abiertas no en gesto de defensa, sino como si hubiera ofrecido algo y se lo hubieran arrebatado. En sus palmas, donde deberían latir los hilos-Kugni, había sendas amputaciones... limpias y crueles.
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| El gran monolito de sangre |
SESIÓN 10
Bajo la Magna Raíz no sonaron canciones alegres, solo tambores y flautas fúnebres junto con el murmullo grave de una comunidad que había aprendido, demasiado pronto, el peso de la palabra «pérdida». Los cuerpos de los caídos por el asalto inducido de los rapaï fueron velados junto al de Ciegoquevé, el joven albino de mirada limpia y manos frágiles que ahora reposaban mutiladas para siempre. Cantavientos, con su hendedrasgo Rompecortezas a su lado, entonó el cántico de paso mientras la tristeza y la desesperanza colectivas ascendían en la mañana inmóvil. Cerca, el cuerpo inerte de Surcárboles permanecía custodiado por Voltearenas; en su rostro seguía prendida aquella sonrisa última que no pertenecía al duelo, sino a otro lugar. Y más arriba, vigilando a los pequeños, se erguía Zabaru, alto, oscuro, con las rastas adornadas con abalorios Waku y las marcas que incomodaban a más de un Kanra. No todos aceptaban que el «merodeador nocturno» se arrogase la responsabilidad de cuidar a los niños Wakanra, pero él no pensaba apartarse de la promesa hecha ciclos atrás.
En las decanas siguientes exploraron el sur de Lihi buscando señales de alivio. No las hubo. Habían salvado a Eryhil del desgarramiento final, sí, pero el daño ya estaba hecho: la tierra no se regeneraba con la velocidad necesaria, y los recursos menguaban a ojos vista. La decisión entonces fue la más dura desde la fundación de Nuevocaso: un nuevo éxodo, esta vez hacia el norte, cruzando las antiguas montañas Kanra y descendiendo al desierto que separa Lihi de Ruhi, donde en teoría se alzaba la misteriosa «Montaña de Hierro». Ochocientos partieron; no todos llegarían.
El viaje se convirtió en una lenta criba. El Ornath, en su putrefacción, sembraba miedo; los accidentes y el agotamiento cobraban vidas. Tras una noche de guardia, Puñoguardián dejó a Brazolargo, aún novato, cubriendo un extremo del campamento mientras Zabaru vigilaba el otro. Al amanecer, el joven había desaparecido. La búsqueda reveló huellas quebradas, señales de lucha y el rastro inequívoco de un hendedrasgo que había imitado un auxilio humano para atraerlo y devorarlo. Más tarde, en un paso estrecho, Ojolargo (aprendiz de atrapaleyendas) perdió el equilibrio por puro agotamiento y cayó al vacío. En las cimas, el frío se llevó a Cruzaumbrales, el niño que Bailasoles ayudó a traer al mundo, mientras que Zhibari, un pequeño Kanra del círculo de Surcárboles, se apartó una noche para dormir solo y quedó atrapado bajo el manto helado de Klyren. El llanto del bebé resonó largo tiempo en la memoria de Bailasoles; la culpa, en la de Zabaru.
Descendieron al mar de arena con solo 640 almas. Sobre sus cabezas, una isla flotante de los Tashar cruzó el cielo como una siniestra advertencia. Cantavientos alzó el ojolejano que Surcárboles y Bailasoles hallaron en la gran cabaña del sombra grís y comprobó que la superficie de la isla también reflejaba el mismo metal. Para entonces, el hambre y la sed tensaban el ánimo; algunos desertaron de noche buscando una supervivencia improbable. El resto avanzó hasta que sesenta Niäl los interceptó en un valle de arenisca coronado por un colmillo de roca. El encuentro fue muy tenso: ráfagas de advertencia de palos de fuego y dientes incrustándose en la piedra no pusieron las cosas fáciles. Zabaru escaló como si la roca le ofreciera asideros y encaró a cuatro asaltantes; sus palmas verdosas, marcadas por la grieta del hilo-Kugni, provocaron miradas de asco. La tensión terminó cuando apareció Sherkon, un razonable y dubitativo caudillo de los Niäl, que accedió a conducir a los Wakanra hasta su asentamiento.
En el trayecto, los Wakanra aprendieron del desierto: vieron míticos e inmensos rapaï koume, líquenes semipétreos que destilaban gotas de vida, la disciplina de moverse fuera del ángulo de visión de las islas de los Tashar y el arte del mimetismo extremo con el entorno. Los Niäl, al parecer miles de ellos, sobrevivían entre cavernas naturales y excavadas, terrazas altas y protegidas para sus ancianos supervivientes y túneles que canalizaban ráfagas de aire fresco con ingeniosos sifones en los que ondeaban hermosas banderas de plegarias. En un gran salón subterráneo se abría un pozo central de ciclópeas proporciones, casi un lago, rodeado de tinajas cubiertas con cuero endurecido de rapaï que aguardaban como un secreto. Zabaru insistió en que bebieran allí en primer lugar los niños, cosa que hicieron. Mientras tanto, Bailasoles entregaba a Sherkon el colgante de su mentora, Albazul, como gesto de alianza. El brillo en los ojos del Niäl fue respuesta suficiente.
Ante Maka, la jefa suprema de los Niäl, el escepticismo fue el enemigo a batir: «No queda esperanza para Bakyi ni para Eryhil», afirmó ella. «Lo único que queda es aferrarse a la libertad de elegir el final más digno y hermoso. Solo queda el Último Crepúsculo de la Ceniza». Habló también de los pájaros-boca que devoraban a Bakyi y transportaban su energía a la Montaña de Hierro. Entonces Bailasoles abrió su mano y mostró su hilo-Kugni ante el horror de muchos Niäl; conectó con el aire y percibió una bestia inmensa nadando en corrientes invisibles, terriblemente incompleta y cercenada, horadada por vacíos descomunales. Cantavientos, enlazada al animista a partir de ese momento, relató la historia entera: la alianza Waku-Kanra, la caída de los monolitos de sangre, las cabañas de metal, la salvación de Eryhil y el gran éxodo postrero. Las palabras no fueron épica vacía, sino memoria compartida de un pueblo valiente y con una sola voluntad. Maka se quebró y llegó a llorar; contra el deseo de algunos de los suyos, ordenó retirar las tinajas del pozo: en su interior guardaban algo parecido a una oleosa pez capaz de prender con fuego el mismo agua... y con ella, el pueblo que se sumergiera en su interior. La decisión, aunque nadie lo supiera entonces, cambió para siempre la historia de Meinna. «El Último Crepúsculo de la ceniza no se cumplirá», repitió la jefa Niäl. Y entonces la esperanza renació.
Prepararon la guerra durante una decana entera. No había tiempo que perder: los siervos de los Tashar habían absorbido prácticamente todo el Bakyi y estaban a punto de marcharse. El ataque a la Montaña de Hierro no se podía demorar más. Varios de los últimos ancianos cayeron víctimas del Temblor Negro pese a las precauciones. Aun así, reunieron exploradores, engrasaron palos de fuego y las tropas fueron concentradas: más de 2000 guerreros y guerreras Niäl dispuestos a todo. En la última noche, Zabaru sostuvo a Surcárboles bajo el cielo raso del valle; intentó alzar su hilo-Kugni al firmamento, pero la preocupación nubló sus sentidos. Aún así, no perdió la esperanza.
Al alba, con dos ojolejanos, contemplaron la Montaña de Hierro en las faldas de Ruhi: una fortaleza terrible sobre una meseta pedregosa y una inmensa torre posterior que brillaba con un azul extraño. Nadie ignoraba lo que significaba: allí aún se apresaba parte del Bakyi. Habían cruzado montañas, desiertos y océanos de dolor para llegar hasta allí. Lo siguiente no sería una escaramuza, sino el pulso decisivo contra aquello que drenaba a los primordiales y enviaba su energía hacia las estrellas. La historia de los Wakanra y los Niäl estaba a punto de entrelazarse en el filo más estrecho del mundo.
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| Maka |
SESIÓN 11 (FINAL)
Más de 3000 Niäl abandonaron la protección de sus refugios y se arrojaron sin titubeo a las arenas abiertas que los separaban de la Montaña de Hierro, avanzando como una sola voluntad bajo el mando de Maka, que no miró atrás en ningún momento. El cielo respondió con un estruendo seco: los pájaros trueno descendieron y el primer bombardeo abrió grietas de fuego entre las filas, arrancando vidas antes siquiera de que el enemigo pudiera verse de cerca. Cuerpos y polvo se alzaron juntos en el aire abrasado, y aun así nadie retrocedió. Maka sostuvo el avance con una firmeza que rozaba lo imposible, ordenando cerrar filas, absorber el golpe y seguir adelante, mientras cada paso ganado era un precio pagado sin vacilación, porque sabían que no combatían por la victoria, sino para sostener el tiempo suficiente para que los Wakanra, junto a Sherkon y los suyos, alcanzaran la Torre-Nido, allí donde, en lo alto, el Bakyi aún respiraba prisionero.
Cuando todo parecía inclinarse hacia el desgaste y la pérdida, Bailasoles y Cantavientos aparecieron sobre el campo triunfantes, guiando a los koume, y el Koume-Hashat, antiguo como las mareas de arena, se abrió paso entre las líneas enemigas con una determinación que no pertenecía ni a hombres ni a bestias, sino al propio pulso de Meinna. Aquella embestida sostuvo lo impensable, y gracias a ello Maka y los suyos resistieron donde no había ya esperanza de resistir, fijando al enemigo, pagando con su vida cada instante necesario para que, ahora sí, el pequeño grupo de elegidos encontrara grietas por las que ascender.
Lo que ocurrió en las alturas apenas tuvo eco real en el campo, donde la guerra siguió reclamando nombres y cuerpos. Allí, entre estructuras que no eran enteramente piedra ni metal en el sentido que ellos conocían, comprendieron que el Bakyi no estaba cautivo como un animal, sino desmembrado en flujos y canalizado en depósitos desde los que era expelido hacia algo mayor: Anke, la isla flotante de los Tashar. Liberarlo exigía una precisión que ninguno de ellos habría creído posible lograr... y, sin embargo, lo lograron. Y cuando lo hicieron, cuando las corrientes volvieron a reconocerse a sí mismas, el aire mismo pareció recordar cómo moverse. Sobre ese vestigio de un ser antiguo, incompleto pero aún vivo, cabalgaron hacia el cielo, mientras abajo Cazalagartos prefería quedarse, domando los pájaros trueno y sosteniendo los esfuerzos de quienes aún combatían.
Por fin, alcanzaron Anke. No era una ciudad en el sentido que podían nombrar, sino una repetición de formas y funciones metálicamente demenciales, un orden sin historia ni belleza. Allí no había calles ni hogares, solo procesos, máquinas, paneles y estructuras. Y al final, en su corazón posterior, enganchadas en una estructura vertical ciclópea e independiente, hileras interminables de cuerpos humanos suspendidos en cápsulas, preservados en un silencio que no era descanso real, sino espera. No pertenecían a Meinna, desde luego, pero tampoco eran del todo ajenos: eran el reflejo de un origen olvidado. Algo terrible que los Wakanra estaban terminando de descubrir.
Anke intentó hablarles, pero no lo hizo con una sola voz. Proyectó figuras, presencias que se presentaban como Tashar, intentando imponer autoridad y calma, moldeando rostros y palabras para parecer inevitables y ganar así tiempo. Cantavientos y Puñoguardián fueron los primeros en notar la impostura, la ligera disonancia entre gesto y sentido, y comprendieron que aquello no eran dioses, sino una especie de máscaras: meras proyecciones (hologramas) diseñadas para engañar, retrasar y hacer dudar. En consecuencia, no discutieron con ellos ni respondieron a sus promesas ni a sus advertencias. Siguieron avanzando y los atravesaron de parte a parte, guiados por algo más antiguo que cualquier discurso: la vida real y el deseo de supervivencia.
Fue entonces cuando la verdad se abrió paso, aunque no tal vez como una revelación solemne, sino como un encaje inevitable de todas las piezas sumado a los retazos de la conversación con las proyecciones: la Tierra consumida por sus propios hijos, el Proyecto Ouroboros como huida, el tránsito hacia un mundo al que llamaron «Minerva» y que los Wakanra conocían como «Meinna», la energía G-ar65 empezando a ser consumida, la guerra entre quienes quisieron preservarla y quienes decidieron explotarla, la traición del complejo militar-industrial TASA, la «Ascensión», la isla flotante... En fin, toda la verdad. Los Tashar no eran creadores, ni mucho menos dioses: eran herederos de una huida que nunca terminó... y arquitectos de una segunda ruina que ahora pretendían abandonar mediante la apertura de un agujero de gusano.
Todo cuanto había seguido no era más que la consecuencia de ese error prolongado. Y ahora, en Anke, se preparaba el último: reunir la energía restante de los primordiales para reabrir el camino, atravesar el vacío y regresar a una Tierra que, con el paso de los ciclos, había sanado lo suficiente como para ser habitada de nuevo. Aquellos cuerpos en las cápsulas no eran salvación: eran colonos de un mundo que, sin duda, volverían a consumir.
Los Wakanra decidieron acabar con el infernal ciclo de una vez por todas. Allí donde los sistemas de Anke dependían de la continuidad de la energía, ellos intervinieron, rompiendo y liberando. Zabaru y Puñoguardián actuaron sobre lo tangible, y la acumulación de G-ar65 dejó de obedecer a los conductos que la contenían. No fue una explosión, sino una especie de devolución: la energía regresando a donde siempre había pertenecido, precipitándose hacia Meinna como una cascada de luz, con Cazalagartos allá abajo como testigo de excepción.
El agujero de gusano no pudo completarse. Sin ese flujo constante, su estructura se deshizo antes de alcanzar la forma necesaria para sostener el tránsito. Las cápsulas, privadas del proceso que las mantenía en ese estado suspendido, no despertaron ya jamás. Aquellos cuerpos (los últimos emisarios de un mundo que había olvidado cómo detenerse y repensarse) quedaron allí, sin cruzar ni regresar. No hubo redención para ellos. Lo que sí hubo fue un cambio en el pulso del mundo.
La energía liberada recorrió Meinna, devolviendo a los primordiales algo de lo que les había sido arrebatado. No curó el daño de inmediato ni borró el Ornath ni las cicatrices de la tierra de un plumazo, pero detuvo la caída. Por primera vez en generaciones, el final dejó de ser una certeza.
Anke, privada de su propósito, quedó en silencio. Y en ese silencio, los que habían llegado hasta allí comprendieron que no habían derrotado a un enemigo en el sentido clásico, sino interrumpido una historia que se repetía desde mucho antes de que ellos nacieran. Lo que vendría después ya no estaba escrito en ninguna letanía.
Pero, por primera vez, pertenecía a Meinna.
FIN



























