La
Designación viene «de fuera». Cuando la Divina Triada descendió a Tau
desde el universo esférico de Argia, según narra la Impetra (el libro
sagrado de la península de Eslea), se encontró un mundo bajo el reinado
del Caos en el que, según dice el texto, nada era bueno ni malo, ni
grande ni pequeño, ni muerto ni vivo, ni cercano ni lejano, ni abierto
ni cerrado, ni caliente ni frío, ni cierto ni falso, ni femenino ni
masculino. Son ocho parejas, exactamente los Ocho Pares Seminales con
los que se practica la Designación. Los Pares no son, por tanto, una
clase de materia más, sino las categorías sin las cuales ninguna cosa
puede distinguirse de otra. No ocupan una porción del mundo: lo
atraviesan por entero, porque todo lo que existe es grande o pequeño, está
cerca o lejos y es cierto o falso en un determinado grado «cósmico». La magia nominativa consiste básicamente en renombrar la realidad, esto es, la materia, a partir de los Ocho Pares del lenguaje divino; o en otras palabras, configurar nombres benditos.
Ahora bien, ¿qué es exactamente un nombre bendito?
Pues sencillamente eso: uno de esos dieciséis conceptos esenciales, o varios de
ellos dichos uno detrás de otro. Cada concepto es una palabra corta y de
aspecto imposible, porque no pertenece a ninguna lengua humana: MER es
la muerte y GWEIHW la vida, MEǴ lo grande y LENGWH lo pequeño, PET lo
abierto y PEH lo cerrado, y así hasta dieciséis. Encadenarlos es designar.
El primer nombre que aprende toda novicia, el MER-GWÉNH-UIHRÓS, son
tres palabras seguidas y nada más; el que abre un cerrojo para que
nunca vuelva a cerrarse, sencillamente PET-PET.
Es importante entender que ese lenguaje divino no es evidentemente el de nadie en La Frontera, y mucho menos más allá de la región.
La Impetra sostiene que el habla de los hombres es solo un reflejo
retorcido del que emana de los Nombres Ocultos, suficiente para dotar de cierto sentido a una vida pero del todo insuficiente para nada más. Una sor no enuncia ningún idioma humano cuando designa: pronuncia los Pares, que es el único resto del
habla verdadera (esto es, divina) que quedó al alcance de la humanidad. Y lo que sale de
su garganta cuando lo hace no lo puede imitar nadie que no sea una de
ellas, porque es grave, áspero, antinatural y llamativamente profundo,
como varias voces a la vez saliendo de un sitio que no es una garganta.
Por
eso una sor no necesita alcanzar aquello sobre lo que opera (le basta
con nombrarlo bien), y por eso su magia es de todo o nada, ya que un
nombre acierta o no acierta. Cuando acierta, la materia no es que obedezca a la
sor, sino a su propio nombre verdadero, que es aquel con el que la
Triada la sacó del Caos, y contra eso no hay nada que oponer.
Mecánicamente,
la sor combina en primer lugar conceptos antitéticos de los Ocho Pares hasta formar un
nombre bendito, el jugador que la interpreta marca los sectores correspondientes en sus
dieciséis caudales y entonces tira. En total son dos turnos, uno de focalización y
otro de enunciación, y siempre el efecto entero (o nada).
Luego está la otra mitad del arte, que es la escrita.
Porque un nombre bendito no solo se pronuncia, también se puede caligrafiar.
La magia nominativa llamada «acicular» consiste en trazar los mismos conceptos divinos pero convertidos en Grafos Sagrados, sobre la superficie que se quiera
afectar, y para ello hace falta una aguja de cristal refinado y una
pasta hecha con cazumbre, la savia espesa que mana del fruto del árbol del cauldón. Caligrafiar es un trabajo lento, de tres turnos por Grafo, y muchísimo más
caro, pero a cambio ofrece lo único que la enunciación no da del mismo modo: permanencia.
Los Grafos siguen operando mientras vivan sobre la superficie en que se
trazaron, y su duración depende de esa superficie y de la temperatura
que la rodee.
Ahí está, de hecho, la única debilidad seria de la Designación, y da mucho juego en mesa: lo escrito se puede borrar.
Un Grafo mojado, raspado o deteriorado deja de operar, y eso lo puede
hacer cualquiera con un trapo húmedo. La magia más poderosa de La
Frontera se deshace, a veces, con un cubo de agua.
Qué es la manipulación homeomérica
La
manipulación homeomérica viene «de dentro». El rabí no toma prestado
nada de nadie ni le ordena nada a ninguna instancia. Sabe que todo
cuanto existe, él incluido, son homeomerías del Unimiurgo puestas en
movimiento, y lo único que hace es acompañarlas con las manos hasta
donde desea que vayan.
El arte de la manipulación homeomérica procede de la antigua Asmirnia, siglos antes de que existieran las
tres escuelas de rabíes, y los caledios lo expandieron por todo su
imperio junto con el resto del gnosticismo homeomérico. Las tres escuelas de rabíes sí
nacieron en Eslea, pero luego salieron de la península: hay cenáculos de ellas en
Keltia, en las antiguas provincias del Imperio caledio y entre los
ishmeeníes, donde reciben otro nombre y encuadran el saber en el riguroso monoteísmo de Adón (aunque manipulan las mismas homeomerías con las mismas
manos). Vale, sé que
todo esto exige un montón de trasfondo, pero ahora no es la prioridad;
quiero centrarme en echar un PEQUEÑO E INCOMPLETO vistazo a las mecánicas.
De lo que sí toca hablar es de esas tres escuelas, porque son la clave de todo.
Un rabí no manipula «homeomerías» en abstracto: manipula una sola de
las tres clases que existen, la de su escuela, y jamás toca las otras
dos. No es una cuestión de disciplina ni de rivalidad, sino de que no
puede: cada escuela exige una vida entera de estudio para comprender el
comportamiento de una única clase de partículas, y pretender abarcar las
demás sería como aprender tres oficios ultraespecializados a la vez.
- La Escuela de la Fuerza Débil, cuyos rabíes se llaman «etéreos»,
trabaja los ánimos puros, que son los cuerpos que carecen de forma
propia y adoptan la del lugar donde están. Son cuatro y solo cuatro: el
agua, el aire, el fuego y el tuétano de los huesos. Un etéreo apaga la
hoguera de un campamento sin acercarse a él, hiela el vado por el que iban a
cruzar unos jinetes o roba el aire de una estancia cerrada. Y como el
tuétano es lo único sin forma que hay dentro de un hombre, son los únicos que alcanzan el interior de un cuerpo vivo,
y por tanto los únicos capaces de sanar a alguien de manera prodigiosa (excepción hecha de las sores, claro). Son también los más
numerosos con diferencia, porque su materia está en todas partes.
- La Escuela de la Fuerza Fuerte, la de los denominados «canalizadores»,
trabaja los somas, es decir, todo aquello que sí tiene forma propia:
una espada, un portón, un sillar o un hombre. Su poder es de naturaleza
telequinética, aunque no consiste en empujar nada con una mano
invisible, sino en volver a decir dónde está una cosa. Un canalizador cierra un portón que cuatro hombres no son capaces de mover, arranca el arma de la
mano de un adversario o sostiene en el aire a quien se despeña. Eso sí,
manipula la disposición de un soma y no sus partes, de modo que puede
estrellar a un hombre contra un muro pero jamás apretarle el corazón.
- La Escuela de la Fuerza Volitiva, la de los rabíes conocidos como «sanedrínicos»,
trabaja las homeomerías de la psiquis, que son las únicas de las tres
clases que no pertenecen a cuerpo alguno: andan sueltas por el mundo y
se acumulan al pasar por los cerebros humanos, permitiéndoles albergar
ideas, recuerdos, pasiones y temores. Un sanedrínico apaga el miedo de
un compañero acobardado, aviva un rencor de veinte años o desvía la
codicia de una tratante hacia otro asunto. Son rarísimos, eso sí, y su arte no se
despliega casi nunca antes de los cincuenta años. Además, tienen un límite
que los define: no pueden ordenar nada a nadie. Alteran
el paisaje por el que la voluntad ajena transita, pero es esa voluntad
la que sigue caminando y decidiendo dónde pone el pie.
Aquí me voy a permitir señalar una cosa que me parece afortunada, por si alguno no se ha dado cuenta: la escuela de la Fuerza Débil toca lo que no tiene forma, la de la Fuerza Fuerte lo que la tiene y la de la Fuerza Volitiva lo que ni siquiera tiene cuerpo.
Entre las tres se reparten la totalidad de lo existente sin que sobre
ni falte nada, y ahí está la raíz de que sean rivales y no
complementarias. Ninguna puede crecer en prestigio y poder sin discutirle terreno a otra.
Mecánicamente,
todo esto se traduce en un reloj de progreso que el rabí va llenando
turno tras turno con tiradas de Pericia. Pueden llegar a ser cuatro, ocho o doce turnos
moviendo los antebrazos delante del pecho, sin decir una sola palabra.
Las diferencias mecánicas
Este es el apartado al que quería llegar desde el principio, porque puestas
una al lado de la otra, las dos magias parecen diseñadas por dos
personas que no se hablan entre sí 😁 Os enumero las diferencias que más me gustan:
- El tiempo.
La sor designa en dos turnos y obtiene el efecto entero o no obtiene
nada. El rabí trabaja varios turnos y va llegando poco a poco. Uno es como un
interruptor, mientras que el otro se asemeja a una cuesta que hay que subir.
- El recurso.
La sor gasta caudales, que son dieciséis depósitos con sectores
contados y que se agotan. El rabí no gasta nada, porque no hay depósito
que gastar: el jugador paga con tiempo y con cansancio.
- El efecto. La magia nominativa no genera efecto de ninguna clase,
porque un nombre bendito hace exactamente aquello para lo que fue
configurado, ni más ni menos. La manipulación, en cambio, vive del
efecto: limitado, bueno o excelente son uno, dos o tres sectores del reloj de progreso. O sea, que la mitad de las mecánicas del sistema no le aplican a
una pero son el corazón de la otra.
- El castigo.
Cuando una sor falla, el castigo se lo lleva ella (un shock, por
defecto). Cuando falla un rabí, el castigo se lo lleva el mundo, porque
las homeomerías se le van a donde no debían: el fuego prende donde no
toca, el agua se congela alrededor del hombre equivocado, etc. Una magia se equivoca hacia dentro y la otra hacia fuera.
- La interrupción.
A una sor se la detiene con un empujón bien dado: una interrupción
severa en cualquiera de sus dos turnos malogra el nombre bendito entero,
sin tirada y sin remedio. A un rabí interrumpido solo le cuesta el
turno, porque lo que lleva marcado sigue marcado. Con una hay que ser
rápido; con el otro, insistente.
- La resistencia. Contra la Designación uno se resiste antes,
porque la voluntad del destinatario endurece la dificultad del nombre bendito, y
a partir de ahí ya no hay nada que hacer. Contra la manipulación uno se
resiste durante, borrando sectores del reloj con sus propias tiradas. Por lo tanto, la primera se encarece, mientras que la segunda se deshace.
- El repertorio.
La Sororidad tiene un Vademécum tasado de nombres benditos porque su
magia consiste en enunciar combinaciones exactas y quien se equivoca en
una sílaba no obtiene nada. La manipulación homeomérica no tiene vademécum ninguno, ni lo tendrá:
el jugador describe qué quiere reordenar, el DJ juzga si eso es de su
escuela y está a su alcance, y abre un reloj del tamaño que le resulte apropiado y justo.
No hay tabla que enumere lo que un rabí puede hacer porque no hay nada
que enumerar.
- Forzar el cuerpo.
Una sor exhausta siempre puede exigirle más a su organismo, y el
organismo se lo dará pero quizás a un precio atroz (heridas permanentes,
envejecimiento, la esclerótica teñida de ámbar para siempre... cosas chungas e imponentes, dicho sea de paso). Un rabí
agotado no puede exigirle nada a su cuerpo, y la razón me parece de las
cosas más bonitas que he escrito para este juego: lo que la sor
tiene es voluntad, y la voluntad admite ser forzada; lo que el rabí
tiene es oficio, y al oficio no se le arranca nada a base de
desesperación.
Las diferencias temporales
Aquí es donde las dos magias dejan de ser dos sistemas y pasan a ser dos vidas. me explico:
La Designación es cosa de mujeres jóvenes que la irán perdiendo con los años.
Solo pueden practicarla las mujeres bajo el «don lunar» (la vida fértil) que además no han
alumbrado hijos. El embarazo les vuelve inaccesibles los caudales
mientras dura, y para siempre si llega a término. Y el climaterio las
convierte en «provectas», que conservan intactos su conocimiento, sus
atributos y su Experiencia, pero no la capacidad de designar.
La manipulación homeomérica es cosa de hombres viejos que la han ido ganando con los años.
Los niños ingresan en los cenáculos con ocho años, la mayoría son
expulsados en la primera década y quienes se quedan pasan otros veinte o
treinta como iniciados a menudo sin conseguir absolutamente nada, porque el arte
no se despliega hasta bien entrada la madurez.
Fijaos en la simetría, que no la busqué expresamente y me salió sola: una sabe exactamente cuándo perderá su poder y el otro se levanta cada mañana sin saber si hoy será el puñetero día, por fin.
Porque el rabí tiene una ventana estrecha entre la paciencia y el conocimiento que solo dan
los años y las manos que esos mismos años estropean, y toda su vida consiste en
abrirla cuanto antes y cerrarla lo más tarde posible. De ahí viene, por
cierto, ese cuidado rayano en la superstición que estos hombres ponen en
sus manos: no cargan peso, no cortan leña, no empuñan armas, duermen
con las manos cubiertas y las untan con aceites tibios cada noche, y el
frío es su enemigo declarado por encima incluso de los golpes. Es lógico: un dedo roto no mata a un rabí, pero acaba con su carrera.
Las diferencias sociales y geográficas
Aquí llega otra de esas cosas que descubres escribiendo y que, hasta cierto punto, reordenan medio juego:
La Designación es de La Frontera y no sale de ahí.
Nació al sur de la descomunal cordillera de los Bericios, se enseña exclusivamente allí y su mitad
acicular se alimenta de una pasta de cauldón que solo se elabora en los
cenobios de un puñado de valles, con agujas de cristal refinado. Una sor
lejos de casa conserva su magia enunciada, que no exige materiales,
pero antes o después se queda sin pasta, sin agujas y sin cenobio.
Un rabí, en cambio, no necesita nada que no lleve puesto.
Trabaja igual de bien en una celda húmeda, en un páramo helado o en
mitad del desierto, y como PNJ dispone del mismo potencial sea keltio, fronterizo o ishmeení.
Socialmente
son también dos mundos. La Sororidad es una institución única, con su
jerarquía, sus cenobios y su llamativa doctrina. Los rabíes se reparten en tres
escuelas rivales que llevan siglos recelando unas de otras y que,
además, se organizan internamente en tres círculos progresivamente
restringidos (rabíes, arcontes e hierofantes), a los que no se asciende por antigüedad ni por estudio,
sino porque quienes ya están dentro deciden acoger a uno más.
Lo que cada poder deja en pie
Termino
con la diferencia que más tiempo me costó descubrir, y que resuelve de golpe
una pregunta que cualquier mesa se hará antes o después: ¿puede un rabí deshacer una Designación? ¿Y una sor una manipulación?
Para
contestarla hay que preguntarse primero qué deja cada poder cuando
acaba. Y la respuesta es que casi nunca deja nada. Una puerta abierta
con un PET está abierta porque está abierta, no porque siga habiendo
magia en ella; unos puntos de Salud perdidos son heridas y no ningún maleficio; un fuego que un etéreo sofocó está tan apagado como si lo
hubiera extinguido el viento. Todo eso ha dejado de ser magia para convertirse sencillamente en el mundo, y se revierte como se revierte el mundo: actuando otra vez sobre él, con las manos, con la voz o con una vulgar palanca.
Solo hay dos supuestos en los que algo queda vivo, y ambos pertenecen a la Designación:
el nombre bendito cuya duración declarada no se ha agotado, y la magia
acicular cuyos Grafos Sagrados siguen enteros sobre la superficie en que
se trazaron. La manipulación homeomérica no tiene ninguno de los dos,
porque el rabí acompaña las homeomerías y luego las suelta, y en todo su
arte no existe una sola duración que sostener.
De
ahí sale, en mi opinión, la asimetría más elegante del juego: un rabí puede actuar con
toda normalidad sobre el mundo que una Designación dejó atrás, pero no puede intervenir mientras esa Designación sigue en vigor,
porque durante ese tiempo las homeomerías no están desordenadas, sino
nombradas, y un nombre verdadero solo lo suelta otro nombre verdadero.
Si una sor atranca una puerta con un nombre bendito permanente, ningún
canalizador de este mundo levantará esa tranca (por más que una tranca
sea el más soma de los somas).
Le queda al rabí un recurso, eso sí, y le basta muchas más veces de lo que a las sores les gustaría: los Grafos están escritos y lo escrito se puede destruir.
Un etéreo los puede mojar desde el otro extremo de una sala, y un canalizador es capaz de partir en dos la tabla en la que se trazaron. Tampoco es privilegio exclusivo suyo,
porque borrar unos Grafos lo hace cualquiera con un trapo húmedo; lo
que ocurre es que un rabí puede hacerlo sin acercarse.
Y hasta aquí... por ahora
Si tuviera que resumir en una línea lo que me han enseñado estos dos capítulos, diría esto: cuando
dos subsistemas comparten la misma materia, lo interesante no es lo que
ambos pueden hacer, sino el sitio exacto donde uno se acaba y empieza
el otro. Todo el buen trabajo de estos meses ha consistido en
encontrar todas y cada una de esas fronteras y no atravesarlas jamás, ni siquiera cuando
cruzarlas habría sido un atajo para algo. Porque
al final, las dos magias contestan a la misma pregunta, que es qué se
puede hacer con la materia del mundo. La Designación responde que
nombrarla; la manipulación homeomérica contesta que acompañarla. Y en un juego donde el lenguaje tiene valor político, religioso y mágico, esas dos respuestas no podían ser la misma.
Menuda chapa os he soltado hoy, ¿eh? 😅
Espero que os haya interesado, y en la próxima os cuento cómo va lo demás.
¡Nos leemos!