Muy buenas, hijos e hijas de la Divina Triada,
Mi obsesión con El Cantar de la Frontera no se atenúa, al contrario, crece con cada mes que pasa, y ya ando enfrascado en el arduo trabajo de pasar todos mis disperdigados apuntes de ambientación «a bonito». Además, estos días trato de componer un Canto de Eslea a modo de cantiga medieval que me sirva como apertura del volumen dedicado lore (y me está costando la misma vida; que una cosa es que te guste la poesía medieval y otra ser un trovador 😅). Pero bueno, ahí ando, poco a poco, en plan agonías y haciendo mil retoques.
Lo que sí he terminado de escribir es una intro al Manual de ambientación, que es lo que os quería compartir hoy (toda vez que el Manual de reglas ya lo he dado por terminado tras... ¿tres años de trabajo? 😅😅). En fin, nunca me he distinguido por una rapidez inaudita.
Pues aquí va esa intro, que no es una versión 100 % definitiva, pero sí bastante cerrada ya. ¡Espero que os guste!
Sed bienvenido a La Frontera, viajero.
Sed bienvenido a la tierra del cauldón, de las mujeres que crean al nombrar y de los ancianos cuyos gestos imparten órdenes a la materia.
Sí, sed bienvenido...
Desde la altura a la que vuela el águila, La Frontera se revela como una inmensa lengua de tierra que las montañas sostienen entre sus manos. Al norte, de un extremo a otro del horizonte, se alzan los Bericios, una inaccesible muralla blanca que no se despoja de la nieve ni en lo más hondo del verano. De ella descienden ríos tumultuosos, valles profundos y laderas larguísimas, oscuras de bosque denso en las umbrías y abiertas en prados y dehesas en las solanas. Entre los árboles se elevan los humos de las pardinas, los llugarets y los pueblos, y serpentean las cabañeras por las que los pastores mueven sus rebaños. Más abajo, los valles se ensanchan y se juntan finalmente en los páramos y las campiñas, la tierra llana del cereal, la viña y el olivo, donde se cruzan los caminos y se levantan villas y ciudades. Pero aún más al sur, la tierra vuelve a subir en un corto somontano hasta una segunda barrera de sierras, el Cordal, que corre de poniente a levante y al oeste tuerce hacia septentrión, en Otsobide, para soldarse con los Bericios. Por el extremo oriental cierra el paso una tercera cordillera, la Serralada de l’Alba, tras la que amanece sobre el traicionero mar Intermedio. Montañas por los cuatro costados y pocas puertas en ellas: eso es, a vista de águila, La Frontera.
Esa tierra cercada por el relieve ocupa el rincón nororiental de Eslea, la península que cierra Fenolia, un continente de costas recortadas, brumas persistentes y clima desapacible. Los Bericios separan Eslea del reino de Keltia y el resto del continente, y al sur del Cordal se extiende todo lo demás, la península entera, que durante siglos ha pertenecido al poderoso Valiato de Ishmeen. Este Valiato llegó a dominar Eslea por completo, salvo en lo que respecta a dos rincones: uno son las tierras de nadie que quedan al oeste de la sierra de Otsobide, quebradas y pedregosas, que nunca le interesaron; el otro, por supuesto, es La Frontera, que no fue suya jamás.
Los esleos cuentan el tiempo por edades, y dictaminan que la primera de ellas empieza con la fundación de Caledia; sin embargo, su historia real es muy anterior, algo que los más sabios conocen perfectamente. Durante la Edad Ingenua, el tiempo remoto de los clanes, los santuarios de los que casi nadie tiene recuerdo y los primeros reinos, las sacerdotisas del Canon ya pusieron por escrito la Impetra, el texto sagrado que narra el modo en el que el mundo salió del Caos al recibir sus nombres. Después de eso, en efecto, llegaron los caledios, que hicieron de Eslea una de las provincias más prósperas y cultas de su fenomenal Imperio. La surcaron de calzadas, la urbanizaron a gran escala, le impusieron su lengua (el vatino) y trajeron consigo a los rabíes, cuyo origen era asmirnio. Fue en Eslea y no en otro lugar donde estos sabios se dividieron definitivamente en tres escuelas, y fue también en Eslea donde su rama femenina, las Hermanas Eruditas, descubrió cómo obligar a la materia con la palabra. De aquel hallazgo nació, en los últimos tiempos del Imperio, la Sororidad de la Designación.
Caledia, no obstante, se fue convirtiendo en un recuerdo hermoso pero cada vez más impreciso tras sucumbir a sus numerosas guerras civiles y a los pueblos vendelianos, llegados de los bosques del norte de Fenolia. Uno de ellos, el de los vurgulios, levantó en Eslea el turbulento reino de Wulthur. Más allá de su inestabilidad endémica y sus luchas fratricidas, los vurgulios se mezclaron pronto con la aristocracia eslea, y su lengua y su sangre siguen vivas en las casas fronterizas de más rancio abolengo. Wulthur sobrevivió hasta que su último rey, Thorskarl, cayó frente a los ishmeeníes en la batalla del Río Amargo. Aquella jornada marcó el comienzo de la Tercera Edad, la presente, y con ella del Valiato.
El Valiato de Ishmeen es la provincia del extremo occidental del Califato Rashidun, y la única que este posee en Fenolia. El Califato es un imperio tan vasto como diverso cuya capital, Al Wukayr, la ciudad más grande del mundo, se alza en el lejano continente de Denda. Los ishmeeníes trajeron consigo el Hadid, una fe estricta en un solo dios, Adón, y un ejército que se tenía por invencible: la infantería mubarizum, con sus sihales, ciclópeos lagartos de monta tan enormes que llegan a cargar castilletes de varios pisos repletos de arqueros. Toda Eslea sucumbió ante su paso, mas no así los Bericios. Según el relato que todo fronterizo aprende de niño, en la Cueva de Isongo, en lo que hoy es Ordiso, un ejército de nobles vurgulios refugiados en las montañas aliados con los viejos clanes pastoriles impidió el avance de los ishmeeníes. Entre otros factores, los invasores fueron detenidos porque el aire excesivamente frío y húmedo hace enfermar a los sihales, pero también porque en mitad de la batalla los guerreros tamazight de Aheyâd Igider cambiaron de bando. Cinco grandes señoras vurgulias, emparentadas con los clanes de la montaña, fundaron entonces cinco condados y cinco dinastías, y Tella invitó a Aheyâd y a los suyos a quedarse en su nuevo país. Así nació La Frontera.
La tierra entre montañas no fue, por tanto, conquistada, pero tampoco obtuvo una victoria decisiva y liberadora. Durante generaciones, los nuncios del Hadid cruzaron el Cordal para cobrar un tributo en bronces y llevarse a Ishmeen rehenes de las casas nobles, y de tanto en tanto se producían en su lugar las temidas aceifas. El último de los Cuatro Grandes Valíes, Mutad «el Terrible», castigó en su juventud a todos y cada uno de los condados con extrema dureza, y en La Frontera aún quedan viejos que lo recuerdan con pavor.
Aquellos cinco condados forman hoy la Pentarquía condal. Son, de poniente a levante, Belsierra, Ribera, Ordiso, Escarra y Tella. Los cinco comparten montañas, bosques, lengua, fe y enemigo, pero se parecen menos de lo que cabría esperar, y a menudo se han enfrentado entre sí.
- Belsierra, posiblemente la más próspera, la gobiernan en la práctica sus grandes linajes, enriquecidos por el comercio. De los talleres de sus villas salen las mejores manufacturas de La Frontera (a excepción de las de hierro).
- Ribera, la más herrera de todas, es la tierra de las fraguas y las minas. Es también la única con Cortes capaces de vetar a su propia dinastía, de modo que su condesa reina mucho más de lo que gobierna.
- Ordiso, en el centro geográfico, es el más jerárquico, el más bélico y el más poderoso de los estados de La Frontera, y allí la palabra de la condesa no admite réplica alguna.
- Escarra es feudal y aristocrática, tierra de grandes señoras y de grandes libros. Guarda tanto la Boca del Huérdano, el único paso de los Bericios, como las bibliotecas y universidades de su famosa capital, Tebarray.
- Tella, la más pequeña y la menos fértil, elige a su condesa en lugar de heredarla. Es la única donde fronterizos y tamazight forman una misma sociedad, y cuenta con los dos únicos puertos de aguas abiertas de La Frontera, por los que entra lo poco que llega de Keltia.
En los cinco condados, las cabezas de linaje se reúnen en Asambleas del común para tratar los asuntos que atañen a valles y comarcas. Cada linaje dispone aquí de un voto, aunque los más poderosos suelen ejercer una considerable influencia sobre los menores. Las Asambleas del común resuelven disputas, aprueban multas, negocian matrimonios y toman decisiones de interés colectivo. Como cabría esperar, lo que cada voto pesa en verdad cambia de un condado a otro tanto como todo lo demás.
Al margen de los condados, entre los Bericios y el Cordal siempre hay una mujer al frente de cada casa. Ellas heredan, manejan el patrimonio, comercian, negocian y hablan en representación de su linaje en las Asambleas del común. Por su parte, los hombres labran la tierra, pastorean los rebaños y crían y protegen a los hijos, a los que enseñan cuanto hay que saber de la casa, el linaje, la moral, el condado y La Frontera. Es el varón quien abandona su hogar al contraer matrimonio, y es la madre quien, al noveno día tras el parto, da nombre a la criatura en público y en voz alta, casi siempre el de una antepasada o un antepasado de su sangre (de manera que las casas recitan su genealogía cada vez que alguien nace en ellas). Las casas se agrupan en linajes, y todo linaje pertenece a alguno de los seis estados de La Frontera, que van de la magnatería hasta la pechería.
La fe de La Frontera es antigua y doble. La fe nativa de los esleos enseña que el mundo fue Caos hasta que la Madre, la Anciana y la Niña, la Divina Triada, enunciaron su orden. Lo hicieron otorgando una designación a todas las cosas a partir del lenguaje derivado de sus propios Nombres Ocultos, aquellos que ningún ser humano ha podido conocer. En cambio, la fe foránea traída por los caledios enseña que cuanto existe está hecho de homeomerías, y que estas no son otra cosa que los mil millones de pedazos en que se rompió el Unimiurgo. En Eslea ambos sistemas de creencias se fundieron en uno solo, el sincretismo esleo, y sobre esa fusión, inaudita pero natural, se alzan sus dos grandes poderes.
El primero de ellos es la Sororidad de la Designación, una singular orden de mujeres que reside en cenobios ubicados a media ladera y que actúa al margen del poder de los condados. Sus sores, que se rigen por tres estrictos Vedamientos, conocen los Ocho Pares Seminales y los dieciséis Grafos Sagrados, y con ellos forman los nombres benditos, que obligan a la materia. La mayor parte de las veces los enuncian, con técnicas de voz extraordinariamente exigentes, pero en ocasiones los escriben, en este caso con pasta de cauldón y agujas de cristal. Ese poder, la magia nominativa, solo lo posee la mujer que está bajo el don lunar y aún no ha alumbrado hijos, y únicamente se enseña entre los Bericios y el Cordal. Toda muchacha de La Frontera pasa por un prenoviciado de medio año encerrada en un cenobio cuando le llega la menarquia, y aunque la inmensa mayoría vuelve a casa, unas pocas elegidas permanecen como novicias. Años después, aquellas que superan las duras pruebas de la Elevación en el Cenobio Capitolino de Linza se convierten en sores designadoras. Transcurridas varias décadas, las que llegan al climaterio y pierden su poder pasan a la categoría de provectas, y entonces todo el mundo las reverencia. Sirven además a la Sororidad, sin estar sujetas a sus restricciones, las guardias negras, que son sus guerreras y protectoras, y las leñadoras de cauldón, expertas en el sangrado del «árbol de la vida».
El segundo poder de La Frontera lo conforman los rabíes, los sabios que proceden de Asmirnia y llegaron con los caledios. Estos ancianos consagran su vida a la manipulación homeomérica: con gestos tan precisos y tan pequeños que nadie alcanza a imaginar lo que en realidad tocan, son capaces de reordenar todas las partículas del mundo. Tardan décadas en aprender a mover las manos con la sabiduría y la paciencia necesarias, y viven y estudian en cenáculos donde se habla vatino y se recela de las sores. Los rabíes se reparten en tres escuelas rivales entre sí:
- la de la Fuerza Débil, cuyos integrantes, los etéreos, manipulan el agua, el aire, el fuego y el tuétano de los huesos;
- la de la Fuerza Fuerte, cuyos miembros, los canalizadores, mueven cuanto está suelto y se tienen por una verdadera élite rabínica;
- y la de la Fuerza Volitiva, cuyos escasos componentes, los sanedrínicos, están facultados para manipular la psiquis.
Buena parte del poder de las sores, y del sustento de la Sororidad entera, nace de un árbol. El cauldón, al que llaman «árbol de la vida», es un abeto que solo se desarrolla, siempre aislado, en los bosques mixtos de media ladera del somontano de los Bericios. Con los años, cada ejemplar cría en lo alto excrecencias llenas de cazumbre, una savia oscura que en crudo funciona como un veneno mortal y que, destilada, se convierte en valiosísima pasta de cauldón. Esta pasta es la tinta de los Grafos, pero también un remedio que cierra la carne abierta a ojos vistas y un antídoto que, tomado a tiempo, ataja cualquier envenenamiento. Solo una mujer capaz de concebir puede sangrar el árbol sin que la cazumbre se pudra, pero únicamente las leñadoras saben hacerlo de verdad: trepan descalzas, despacio, sin clavar un solo hierro, y lo que bajan del árbol acaba casi siempre en un cenobio. Lo que se derrama y nadie limpia es otra historia, porque la cazumbre malograda se filtra en la tierra y a veces cuaja en lo que encuentra, ya sea un animal, un tronco o un muerto mal enterrado, y lo levanta convertido en algo verdaderamente terrorífico. A esos engendros se los llama «malogrados», y cada comarca les otorga sus propios nombres, que nadie pronuncia a la ligera. Con ellos comparten el monte los lobos, los onsos y otras criaturas de asombro y espanto.
De este modo vivió La Frontera durante siglos, de cara al sur, pagando a los nuncios del Hadid y resistiendo a todo trance. Así fue hasta que, tras el verano del año 544 de la Tercera Edad, los barcos de los ishmeeníes se dejaron de avistar y los nuncios dejaron de aparecer. Aquel fue el Largo Otoño, y tras él se sucedieron tres años de miedo insuperable, el Trienio Difidente, en los que cada nuevo verano se esperaba una gran aceifa que nunca llegaría a producirse. Después de eso, y como del Valiato tampoco se tuvo una sola noticia, la idea de que algo había cambiado empezó a germinar entre las dinastías condales. La Pentarquía envió al sur comisiones de exploración, tímidamente al principio, esto es, cuadrillas de mílites al mando de oficiales condales, y hacia el año 550 casi todas estaban de regreso con una certeza que nadie podía haber imaginado: el Valiato se había retirado al otro lado del Suemo y había dejado vacía toda la inmensa cuenca septentrional del gran río. Nadie sabe todavía por qué.
Desde entonces, los más audaces han empezado a bajar del Cordal para tomar por presura las tierras que ya nadie labra. Estamos en el año 560. Los nuncios llevan dieciséis años sin aparecer, y Mutad «el Terrible», si aún vive, tiene que andar cerca de los ochenta años. Al otro lado del Cordal se extiende una descomunal tierra vacía que parece suspirar por un dueño, y más allá del Suemo, un estruendoso silencio que nadie sabe interpretar. La Frontera, que durante siglos ha sabido muy bien a qué temía, mira ahora hacia el sur sin saber qué espera.

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