jueves, 17 de enero de 2019

Crónica de ULTIMA FORSAN - Entrega Tercera


Crónica de ULTIMA FORSAN

Érase una vez en Lucca
 (parte 3, puedes leer la parte 2 aquí y la 1 aquí)

ENTREGA TERCERA · Vi 11/01/18
Dirigida por Eduardo Rodríguez Herrera
Rolato por Antonio Lozano Lubián


Elenco:
  • Kaamla Escalione (odalisca roja). Pura. Interpretada por Jesús
  • Farah Alany (odalisca roja). Pura. Interpretada por Patricia
  • Jacques de La Rochelle (médico de la plaga). Interpretado por Antonio
  • Ricardo de Bacci, Cazador de muertos. Puro. Italiano. Interpretado por Rodrigo.
  • Jean Paul La Roche, Paladín del Sacro Imperio. Puro. Sacro Imperio Romano-Franco. Interpretado por Jesús
  • Flor Escalione alias “La Mariposa”, Odalisca roja. Pura. Granadina. Interpretada por Patricia
  • Bianka Farkas, Noble. Infectada. Húngara. Interpretada por Antonio
  • Guernardo Rossi, Monje alquimista y médico de la plaga. Puro. Interpretado por Phillippe


Farah avisa a Lucius, el propietario de la bodega, de que el vino está envenenado. Kaamla abre camino hacia la Fortaleza Augusta. Farah busca a Soraya mientras Kaamla busca audiencia con el Podestá y le avisa de que alguien va a envenenar los pozos de la ciudad con Atramento. El podestá se muestra sorprendido, sobre todo de la noticia de que haya una secta. Exige pruebas, con altanería. Kaamla le pide refuerzos de la guardia para los pozos, pero el podestá se marcha a hablar con la sultana.

Farah y Jacques informan de todo a la sultana Soraya y a Isabel de Aquitania, incluidas la muerte de Diego y el asunto de los pozos. Irrumpe el podestá y comienza a organizar la guardia. Jacques pretende localizar a Fiorenzo mediante un registro de las autoridades, pero tal documento no existe. Farah propone que la guardia detenga a todo aquel que lleve ropajes grises similares a los sectarios. Le muesta el breviario a Soraya, que le dice que hay una delegación de Egipto presente en la feria de Lucca. Jacques y Farah se dirigen a donde se encuentran, mientras Kaamla acompaña a los guardias a los pozos.


La delegación copta se compone de múltiples monjes infectados con largas túnicas negras. Les mostramos el breviario a un anciano, de nombre Samuel, que pregunta dónde lo hemos encontrado. Se detiene en una página con un dibujo en el que antes no habíamos reparado. Parece una rueda. Lee en voz alta las inscripciones: “para mayor gloria de dios... los elegidos... el plan de dios...”. Pertenece a la “hermandad de la rueda sagrada”. Confirma que van de gris. Fueron expulsados de Egipto. Consiguieron mucha influencia sobre los infectados en Egipto. Tenían costumbres horrendas, como tatuarse esta rueda, este instrumento de tortura, en la espalda. Su propósito era contagiar a los puros, ya que creen que el mundo pertenece a los infectados. Los que se levantan como infectados tras morir con atramento son considerados “los elegidos”. Le confesamos que hay miembros de esta secta aquí, y le revelamos el que pensamos que es su plan. Le mencionamos a Fiorenzo, y reconoce el nombre como uno de los mandatarios locos de esta secta. Nos aporta un rasgo descriptivo físico relevante: parte de su cara está quemada, y su ojo derecho deforme.

Jacques propone que se monte un centro de control en el palacio y que cada dos horas nos reunamos todos para coordinar las actuaciones de esta emergencia.

TRES DÍAS MÁS TARDE...

La luz brumosa filtra la imagen horrenda de la horda avanzando sobre el barro. Jean Paul espolea a su caballo al máximo, y todos los demás le seguimos, aunque Flor (con Fiorella) y Guernardo se rezagan. Comienza una leve llovizna cuando nos acercamos a un grupo de personas que, estando a un kilómetro de Lucca, se alejan de ella caminando. Son entre 15 y 20 infectados. Ricciardo le pregunta por la Feria. Responden que el Concilio les ha expulsado. Jean Paul nos apremia para marcharnos. Los expulsados nos relatan que los infectados han huido a la hermandad de la consolación y a otros lugares, ya que alguien había intentado envenenar con Atramento los pozos de la ciudad. Ricciardo les avisa de que vienen las huestes y continuamos nuestros camino al galope.

Llegamos a las puertas de Lucca, que están cerradas. Ricciardo y Jean Paul gritan para que les abran con urgencia. Los guardias apostados en la parte superior de la muralla avistan a Bianka de inmediato. Los ballesteros le apuntan. Ella grita preguntando por su Vaivoda. Le responden que todo infectado que permaneció en la ciudad ha sido encarcelado. Responde con un grito animalesco mientras comienza a recorrer al galope las murallas para encontrar un resquicio para colarse en la ciudad. Ricciardo y Jean Paul entran en la ciudad sin ningún problema y llegan al palacio. Se está celebrando una reunión del más alto nivel: están presentes todos los dirigentes, que observan con atención cómo Jean Paul y Ricciardo les informan de que viene la horda. Los dirigentes les comunican que la invasión también ha tenido lugar desde dentro. Se establece un debate sobre el mejor modo de proceder. Flor y Guernardo corroboran estas noticias para apremiarles a actuar. Ricciardo pregunta por los húngaros y solicita que permitan la entrada de Bianka y la salida de la prisión del resto de húngaros, pero el Podestá se niega en redondo.

Bianka, fuera de la ciudad, encuentra un carro que se ha quedado varado en el barro cerca de un muro. Aprovechando el impulso del salto desde el caballo, se encarama al muro y consigue ascender grácilmente a la parte superior del muro norte, y se oculta tras un tonel, para evitar las patrullas de guardias. Consigue escabullirse entre los callejones y llega al palacio ataviada con un paño que le tapa la cabeza.

Jean Paul mantiene una conversación con su Papa. Le avisa de que los efectivos no son suficientes. Propone huir a la ciudad más cercana, Florencia, para hacerse fuertes allí. El papa se niega a abandonar Lucca, y Jean Paul le ofrece su vida en la batalla.

Guernardo reflexiona en voz alta sobre la columna de la plaga que se acerca, y llega a la conclusión de que debe de haber un tirano fuera de lo común o más de un tirano al mando de esta horda, que por ende, debe llegar a los 10 000 efectivos, frente a los 2 000 combatientes que se encuentran en Lucca ahora, aproximadamente. El Podestá piensa que podríamos resistir.

Jean Paul pide que manden un emisario para que avisen a Florencia y si pueden, que manden refuerzos. El podestá se queda pensativo y se marcha.

Farah le pide a Soraya que orienten los cañones hacia Pisa, y le confiesa que va a coger un vestido de odalisca para introducir a Bianka en la ciudad. Soraya se queda boquiabierta y le impide hacerlo, argumentando que se debe cumplir con los designios del Concilio. Le ordena defender la ciudad, y se queda con Fiorella, a la cual aloja en uno de sus aposentos.

Farah coge su propia capa y acude al patio de armas, donde reina el caos: cada delegación intenta organizar a sus propios efectivos. Aprovecha para echar un vistazo a la cárcel...

Jean Paul le pide a Guernardo que investigue la plaga a partir del envenenamiento, por si esto pudiera arrojar algo de luz sobre la batalla que se aproxima. Guernardo propone al podestá que alguien organice la defensa por encima de todos. El podestá repone que cada delegación se repartirá un trozo de muralla. El monje le pide inspeccionar las muestras de vino con Atramento. Responde que están en los laboratorios y que ya han sido analizados.

Bianka intenta colarse en el palacio aprovechando una comitiva de monjas guerreras, pero un grupo de paladines la localizan y proceden a introducirla en el calabozo mientras no para de gritar para que la reúnan con la Vaivoda, tras quitarle las armas. En el proceso se cruza con Flor, que ha ido a buscarla. Bianka le grita para que le ayude. Flor los sigue y pide a la guardia entrar a hablar con ella. No logra convencerle.

Bianka da con sus huesos en el mismo lugar en el que está confinado su hermano, el Vaivoda, junto con otros muchos húngaros. Le recibe reprochándole que se haya dejado capturar. Bianka le responde con una bofetada y echándole en cara que a él lo han capturado primero, y siendo el Vaivoda. A continuación le informa de todo y le habla en susurros sobre algo que nadie más logra oír...

Jean Paul reza para conseguir la iluminación divina y ser el azote de la plaga, el ejecutor de los tiranos.

Guernardo le pide al podestá permiso para entrar en la cárcel y tratar de descubrir dónde han ido a parar los húngaros que han ido desapareciendo. Se lo concede, y junto con el resto del grupo llegan a donde está Bianka. Le dicen que no pueden liberarla ahora, pero Flor, con la excusa de perfumarla un poco, le desliza unas ganzúas dentro de la ropa, pero sugiriéndole que no es buena idea escapar todavía. Bianka se lo agradece, consternada, y le dice que no olvidará esto.

Le preguntan a Domenic por los húngaros desaparecidos. Poco a poco van recordando que había una zona con muchos vagabundos, donde desaparecieron algunos de ellos. 20 de 200 están ilocalizables, más o menos. Uno llega a recordar que fue cerca de la “casa de los mutilados”.

Ricciardo ha oído hablar de ese lugar: un eficio derruido donde pernocta la gente de la calle. Los puros pobres se refugian allí, donde no molestan.

Guernardo le dice en Fiorentino a Bianka que use con prudencia las ganzúas, porque son su responsabilidad. La húngara asiente.

El grupo se aproxima al cubil de los pobres, en el noreste de la ciudad. Se trata de un edificio derruido, lleno de escombros, y una escalera. Ricciardo localiza una zona muy llamativa: los maderos se amontonan claramente tapando algo, dispuestos adrede. Debajo hay una losa que se puede mover.

Jean Paul utiliza su brazal mecánico para retirar la losa, que deja al descubierto unas escaleras sumidas en la total oscuridad. Guernardo fabrica una antorcha. Bajan al sótano, vacío. Al fondo, una alberca. Un sonido de murmullo rompe el silencio que se supone que debía imperar. Flor se percata de que el suelo podría derruirse en cualquier momento. El ruido viene de la alberca. Flor pide que se acerquen a la pared, y se pega a una. Jean Paul y Ricciardo hacen lo propio, y Guernardo se queda en la escalera, y destapa el suelo en la base de la escalera. Avanza, y localiza que las maderas del falso suelo empiezan más adelante.

En ese momento aparecen cuatro figuras por las escaleras. Uno de ellos, con un ojo deforme por una horrible quemadura, les dice que han llegado demasiado lejos, y hace una seña a uno de ellos, que se marcha escaleras arriba.

Jean Paul lanza una antorcha a la alberca, que parece que prende bajo el suelo, justo cuando se inicia un combate en la penumbra.

Flor aturde a un enemigo de un espadazo. Jean Paul yerra dos embites. Guernardo empieza a mezclar mejunjes y fabrica im promptu una especie de poción mágica ante la mueca de desaprobación de Jean Paul. Un oponente ataca a Flor con una espada corta pero no consigue impactar. Jean Paul desvía los golpes de Fiorenzo. Se le suma el otro enemigo, pero tampoco logra hacer mella en el paladín. Ricciardo propina un hachazo a uno de ellos, aturdiéndolo.

Aturden a Ricciardo mediante un espadazo. Fiorenzo vuelve a fallar contra Jean Paul, lo mismo que su compañero. Guernardo lanza un haz de vidriolo y fuego ardiente que ilumina de un fogonazo toda la habitación, hiriendo a Fiorenzo y fulminando a otro. Ricciardo esquiva el rayo en el último instante. Flor se ensaña con Fiorenzo: lo desmiembra y se salpica con la sangre del infeliz. Jean Paul ejecuta al oponente restante, abriéndole en canal, desde el vientre hasta la mandíbula.

Guernardo se retira a una esquina a preparar otro jarroncito-bazooka con el que destroza a los muertos del piso inferior, donde por fin se hace el silencio tras una enorme llamarada naranja y fucsia, a la que Flor lanza los desechos de Fiorenzo, que en efecto tiene en la espalda el tatuaje de la rueda.

Jean Paul sube las escaleras y se esconde.

El grupo descubre que estaban preparando una trampa para realizar un ataque desde dentro, ya que bajo el suelo de madera había una rampa para que los 40 muertos vivientes subiesen a la ciudad.

Bianka, en la prisión, convence a su hermano el voivoda para que arengue a sus seguidores húngaros, y mientras, abre con pericia la celda. A continuación arman un gran escándalo para que los guardias se acerquen a comprobar qué está pasando. Es entonces cuando los reducen y abandonan en tropel la prisión.

La infectada coge una alabarda de un guardia, pero en seguida encontramos la armería y nos equipamos con nuestras propias armas. Localizamos una torre de la propia fortaleza que sea fácil de defender y nos valga como puesto elevado en altura que sea fácil de defender y desde el que podamos avistar de qué modo transcurre la batalla.

El ejército de huesos toma posiciones en sepulcral silencio en los aledaños de Lucca... es una pavorosa visión.

Ricciardo informa al Podestá de los últimos hallazgos, incluida la trampa. Pide una vez más la ayuda de los húngaros, y el mandatario accede por fin, ante la demostración de fuerza de la progenie.

Guernardo solicita parlamentar con Bianka, y ambos mantienen una negociación a la que se suma Ricciardo. Tras relatar cómo los húngaros han sido víctimas de una trampa y cómo la ciudad está comprometida desde el interior, el destacamento húngaro se dispone a colaborar en la defensa de la ciudad.

En ese momento una figura emite un desgarrado grito desde el tejado de la Torre del Reloj: el campanario de mayor altura, en el centro de la ciudad: “¡¡Para mayor gloria de dios!!” Lleva la espalda descubierta: en ella se aprecia el tatuaje de los sectarios. Apenas un instante después, una explosión destroza la torre y hace pedazos al heraldo de las huestes, que, a su señal, comienzan un avance coordinado hacia las murallas y comienzan la ofensiva. La tierra tiembla. Se hace el silencio por un instante. Los latidos de nuestros corazones ahogados por el sonido de los pasos de la muerte misma llamando a las puertas de Lucca.

Toros infernales, cuero, catapultas. Redes llenas de progenie. Esqueléticos corren, escaleras de huesos. Bandadas de pájaros negros. Caen las redes llenas de furias dentro de las murallas. Es solo una primera avanzada.

Odaliscas repelen de lujo. Húngaros acaban con las furias de dentro. Guernardo pretende reventar una de las escaleras de los muertos mediante una tremenda bomba, pero dos esqueléticos le estorban y yerra el disparo, quedando infectado en el proceso, a causa de un corte profundo en el cuello, por la que además empieza a desangrarse. Muere en breves instantes, y se levanta tras un momento apenas, convertido en una furia.

Ricciardo hace estallar una escalera de asedio con un cañonazo.

Jean Paul comanda a los paladines, que repelen a los atacantes con una fuerza brutal, reventando a la par escaleras y fémures. A continuación golpean con los escudos, generando un explotío grandioso de huesos y armas emponzoñadas.

La furia en la que se ha convertido Guernardo se lanza a desgarrar y morder a lo que hasta ahora eran sus compañeros, debilitando las defensas de esa zona de la ciudad.

Ricciardo pega otro zambombazo. Bianka y los suyos destrozan a varias furias, algunas de ellas venían incendiadas y prenden algunos edificios.

Odaliscas lanzan cuchillos desde lejos.

Bianka lanza trozos de furia con fuegos a los cuervos y cuando caen los ensarta. Hale.

Guernardo profiere gritos horrendos y vuelve a entorpecer a las defensas de la zona de Ricciardo.

Las odaliscas mantienen la muralla. Los paladines ensartan a una bestia encarcelada todos a la vez.

Conseguimos repeler la primera oleada. Ricciardo intenta reventarle la cabeza a Guernardo de un hachazo, pero este le muerde en el brazo derecho, hiriéndole e infectándole. Rápidamente Ricciardo intenta amputarse el brazo derecho con su “última esperanza”... pero no consigue cortárselo. Se salpica toda la cara de su propia sangre. Comienza a desangrarse. No lo soporta y pierde la consciencia. Guernardo consigue aún matar a varios defensores hasta que un guardia lo abate de un certero golpe en la nuca.

Al cabo de cierto tiempo Ricciardo se despierta en una camilla, ya sin brazo derecho, pero fuera de peligro, por el momento...

Aunque se respira la euforia de la batalla ganada (o al menos el inicio del asedio resistido) son muchos los caídos, y lo que es peor: algunos supervivientes piden que se les sacrifique, conocedores de su cierto destino. Así brotan las lágrimas que enjuagan la sangre en las calles de Lucca.

Cuando por fin dirigimos de nuevo la mirada al exterior de las murallas de la ciudad, somos testigos de cómo las tropas atacantes se repliegan, sí, pero ni mucho menos abandonan el asedio. Llegan nuevas jaulas enormes empujadas por la progenie: por causa del humo que inunda toda la zona apenas somos capaces de vislumbrar qué horrendas bestias transportan hasta las puertas de la ciudad que defenderemos hasta la muerte...

CONTINUARÁ...



4 comentarios:

  1. Mil gracias ilustre cronista. Es apocalípticamente grandioso!! Despues de leer eso mañana volveremos con más ingentes ganas al maldito matadero.

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  2. Grande, Antonio!! Me quito el sombrero ante el trabajo que estás desarrollando como cronista 👏👏👏👏👏

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